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No oras para torcerle el brazo a Dios. Oras porque eres hijo y hablas con tu Padre.
. Escrito por Pastor Moya
Me prestas 3 minutos, no te arrepentirás
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“Me salió mal porque no oré.”
Lo hemos dicho. O lo hemos escuchado. Compraste algo y salió defectuoso, tomaste una decisión y fue un fracaso, firmaste un negocio que terminó mal, y de algún lugar sale la conclusión: “es que no oré.” Y si hubiera salido bien, habríamos dicho: “gracias a Dios que oré.” Suena espiritual. Suena hasta humilde. Pero mira bien lo que esa frase enseña sin querer enseñarlo.
Convierte la oración en una vara mágica. En un amuleto. Si la froto, me protege. Si la olvido, viene el castigo. Y sin darnos cuenta, empezamos a tratar a Dios como una máquina expendedora: meto la moneda correcta, oprimo el botón, y sale el resultado garantizado. Pero esa no es la oración que Jesús nos enseñó. Eso es superstición con vocabulario cristiano.
Y hay algo todavía más serio escondido ahí. Esa frase pinta a un Padre mezquino, uno que te suelta la mano porque no cumpliste el ritual. Te deja caer para darte una lección. Convierte la oración en una obra que merece o desmerece la bendición, y te carga con una culpa que el evangelio nunca te puso encima. Porque ahora cada cosa que sale mal en tu vida se vuelve evidencia de que fallaste espiritualmente. Eso no produce fe. Produce miedo.
¿Quieres ver cómo se desarma toda esa teología defectuosa? Mira a Getsemaní.
Jesús oró la oración más perfecta que se ha orado jamás. Oró tan intensamente que sudó como gotas de sangre. Oró rendido, “Padre, hágase tu voluntad.” Y aun así vino la cruz. El resultado humanamente más “malo” que existe llegó después de la oración más perfecta que existe. Si la ecuación fuera “oré bien, me va bien,” se cae a los pies del Hijo de Dios. Pero aquello que parecía el peor desenlace resultó ser la salvación del mundo entero. La oración de Jesús no canceló la cruz. Lo sostuvo en ella.
Entonces no es que la oración no sirva. Sirve, y mucho. Jesús mismo nos enseñó a pedir. El problema nunca fue orar. El problema es para qué creemos que sirve.
La oración no es una palanca para manipular resultados. Es la acción de un hijo que habla con su Padre. Y aquí está la gran diferencia: la cruz ya resolvió la postura de Dios hacia ti. Él ya está a tu favor antes de que abras la boca. Por eso la oración no existe para cambiar el corazón de Dios hacia mí. Existe para alinear el mío hacia Él.
No oras para torcerle el brazo a Dios. Oras porque eres hijo y hablas con tu Padre. No oras para que un negocio salga bien. Oras porque conoces a Aquel que sostiene el negocio, y a ti, salga como salga.
Deja de usar la oración como amuleto. No la necesitas como talismán. La tienes como relación. Y un Padre que ya entregó a Su propio Hijo por ti no te está esperando con la vara levantada por la oración que olvidaste. Te está esperando con los brazos abiertos para la conversación que siempre quiso tener contigo.
Tommy Moya
Pastor
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