Gabýla
06/01/2026
05/29/2026
La infancia es el lugar donde el cuerpo aprende si el amor se siente seguro o si hay que mantenerse alerta. Y cuando un niño crece entre rechazo, críticas, frialdad emocional o afecto impredecible, muchas veces desarrolla una forma de protegerse: no depender, no mostrarse vulnerable, no dejar que nadie entre demasiado.
Con el tiempo, esa protección se vuelve costumbre. El cuerpo se tensa antes de confiar. Un abrazo puede sentirse invasivo, incómodo o incluso peligroso, aunque la mente sepa que viene desde el cariño. No porque la persona no tenga amor dentro, sino porque aprendió a sobrevivir cerrando ciertas puertas emocionales.
Pero las heridas emocionales no son condenas permanentes. El cerebro y el corazón también pueden reaprender. A veces, todo empieza con algo pequeño: una persona paciente, un vínculo seguro, una conversación sincera o el descubrimiento de que recibir afecto no siempre implica perderse a uno mismo.
Y aunque haya adultos que todavía no sepan cómo quedarse en un abrazo, eso no significa que sean incapaces de sanar. Muchas veces, detrás de la distancia, sigue viviendo un niño que solo necesitaba sentirse seguro para bajar la guardia.
Gᴀʙýʟᴀ🌸
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