Mtro. Mariano Rocha

Mtro. Mariano Rocha

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27/01/2026

Jóvenes Construyendo el Futuro: cuando la narrativa no alcanza a la realidad

El día de ayer, paseando sin mayor pretensión que cumplir con la rutina cotidiana, me encontré con algo que llamó poderosamente mi atención. En un negocio de ropa —de esos comúnmente llamados de “chácharas”, rústico, pequeño, sin mayor infraestructura— un letrero destacaba con claridad: “Se aceptan Jóvenes Construyendo el Futuro”.

De inicio, lo que me inquietó no fue que se abriera una oportunidad para jóvenes. Al contrario, cualquier esfuerzo por integrar a las juventudes a la vida productiva debería ser, en principio, bien recibido. Sin embargo, mi primer cuestionamiento fue otro, mucho más elemental:
¿qué tipo de aprendizaje real puede obtener un joven que aspira a integrarse de manera sólida a la vida laboral, formándose en un negocio cuya lógica se limita a la venta informal de ropa?

No se trata de menospreciar el trabajo honesto, sino de preguntarnos con seriedad si ese espacio cumple con el objetivo central del programa: formar, capacitar y generar experiencia laboral significativa.

El cuestionamiento quedó ahí, suspendido, hasta que más tarde, en conversaciones con conocidos y pequeños comerciantes, surgió una inquietud aún más grave. Varias voces coincidieron en describir una práctica que, aunque no generalizable, resulta profundamente preocupante: la presencia de lo que algunos ya llaman —con amarga ironía— “los estafadores del bienestar”.

La dinámica, según relatan, es sencilla y reiterada: personas que recorren negocios pequeños, convencen a los propietarios de registrarse como centros de trabajo del programa, inscriben a jóvenes y, una vez asignado el apoyo, solo entregan una parte del monto al aprendiz. De los más de nueve mil pesos mensuales que otorga el programa, el joven recibe ap***s alrededor de $4,500, quedándose el resto en manos del intermediario o del propio centro de trabajo.

No afirmo que esto ocurra en todos los casos. Sería irresponsable hacerlo. Pero sí es cierto que la sola existencia de este modus operandi, relatado por más de un actor económico, debería encender todas las alertas institucionales. Cuando un programa social permite estas grietas, deja de ser solo un instrumento de política pública y se convierte en terreno fértil para el abuso.

Aun suponiendo —en el mejor de los escenarios— que estas prácticas no fueran la norma, la pregunta de fondo permanece intacta:
¿qué aprendizaje sustantivo se obtiene en espacios donde no existe un plan formativo real, ni procesos, ni supervisión efectiva?

Y aquí es donde el discurso oficial comienza a mostrar fisuras. Jóvenes Construyendo el Futuro ha sido presentado como el programa insignia de la política social de la llamada Cuarta Transformación. Un emblema. Un alfil discursivo. Pero cuando se observa con detenimiento, el modelo no es nuevo.

Antes, las universidades tecnológicas y los sistemas de educación dual ya utilizaban esquemas similares: prácticas, estadías, vinculación con empresas, formación en entornos productivos. La diferencia es que aquellos modelos estaban —al menos en el diseño— ligados a trayectorias educativas, perfiles profesionales y evaluación académica.

Hoy, el programa opera muchas veces desligado de cualquier proyecto formativo claro. No genera relación laboral, no crea derechos, no garantiza inserción posterior y, en demasiados casos, se limita a transferir un ingreso temporal bajo la promesa implícita de “experiencia”.

El problema no es ayudar a los jóvenes. El problema es confundir ayuda con formación, transferencia con movilidad social y estadística con bienestar.

Cuando el aprendizaje es dudoso, la supervisión es débil y los incentivos están mal alineados, el riesgo es evidente: jóvenes que terminan el programa sin mayores herramientas, negocios que solo buscan mano de obra barata o ingresos adicionales, y un Estado que presume cifras sin hacerse cargo de la calidad del proceso.

No se trata de cancelar programas ni de descalificar sin matices. Se trata de pensar con seriedad si el camino elegido realmente construye futuro o solo administra la precariedad con un nuevo nombre.

Porque cuando el discurso es más sólido que la experiencia real del joven, algo no está funcionando como debería.

Y esa pregunta —incómoda, necesaria— merece ser formulada sin gritos, sin consignas y sin miedo.

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Mtro. Mariano Rocha
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24/12/2025

Desde muy joven he tenido —no sé si como fortuna o como defecto— una creatividad inagotable y una energía que rara vez sabe quedarse quieta. Siempre he sentido la necesidad de moverme, de explorar, de buscar nuevos espacios donde colocar la imaginación, de encontrar la manera de enfrentar mis miedos y, al mismo tiempo, de divertirme con aquello que me apasiona. Crear ha sido, para mí, una forma de respirar.

Cada uno de mis hobbies ha sido también una forma de entenderme. Un laboratorio personal donde ensayo ideas, identidades, silencios y voces. En ese proceso, cada marca que he construido no es un simple proyecto: es una extensión de mi historia, de mis inquietudes y de mis búsquedas más profundas.

El “mote” de MasterCriminis nace de mi formación profesional, de la disciplina del estudio, del análisis crítico y de la convicción de que el conocimiento debe tener propósito. La radio surge como una respuesta natural a mi amor por la música, a ese sueño —tal vez postergado, nunca abandonado— de estar frente a un micrófono, de comunicar, de acompañar, de crear atmósferas donde otros también se sientan parte. El despacho digital, la oficina de motivación, la fotografía y el video no son ocurrencias aisladas: son lenguajes distintos para decir lo mismo, para expresar quién soy y cómo miro el mundo.

Todos estos espacios son escaparates, sí, pero no de vanidad, sino de identidad. Son fragmentos de mí que han ido tomando forma con el tiempo y que, lo sé, me acompañarán toda la vida porque nacieron de una necesidad auténtica: la de crear sentido.

Por eso, que esta Navidad nos sirva para comprender algo esencial: los sueños no son anhelos inalcanzables ni fantasías ingenuas. Son semillas. Algunas germinan rápido, otras tardan años, pero todas cumplen una función fundamental en la construcción del ser humano. Soñar es una forma de resistir, de proyectarse, de no resignarse a una vida sin profundidad.

La Navidad nos recuerda que no estamos hechos solo de resultados, sino de procesos; no solo de logros visibles, sino de intentos, tropiezos y aprendizajes. Nos recuerda que la creatividad, la pasión y la perseverancia también son formas de amor: amor por lo que hacemos, por lo que creemos y por quienes somos.

Que esta Navidad sea, entonces, un momento para reconciliarnos con nuestros sueños, para reconocerlos sin miedo y para entender que construirlos —paso a paso— es parte esencial de nuestra humanidad. Que nos permita mirar atrás con gratitud y hacia adelante con esperanza, sabiendo que cada creación, por pequeña que parezca, deja huella.

Porque al final, vivir también es atreverse a crear.

Feliz Navidad.

Mtro. Mariano Rocha
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10/12/2025

PROGRAMAS SOCIALES

Hoy hablaremos de los programas sociales… cuáles eran mejores y por qué. ¿Verdaderamente los establecidos por la llamada 4T son los más viables? ¿Quién inició realmente esta cruzada que hoy se presume como novedosa?

La política social mexicana no nació en 2018. Y tampoco comenzó con la narrativa que se repite cada mañana desde Palacio Nacional. La lucha contra la pobreza en México tiene historia, técnica y evidencia desde hace más de tres décadas. En 1989, con Solidaridad, comenzó el primer esfuerzo moderno de combate a la marginación; y en 1997, con Progresa —luego Oportunidades y Prospera— México construyó el programa social más estudiado, evaluado y replicado del mundo, con reconocimiento de OCDE, Banco Mundial, CEPAL, universidades internacionales y más de 50 países que adoptaron su modelo.

Ese programa generó algo que los actuales no ofrecen: movilidad social. Redujo pobreza extrema, aumentó escolaridad femenina, disminuyó desnutrición infantil y mejoró salud materno-infantil a lo largo de generaciones. Nada de eso aparece hoy en la narrativa oficial, donde se insiste en que antes había “intermediarios”, “corrupción”, “amiguismo” y “padrones inflados”.
Pero la evidencia técnica no respalda ese retrato simplificado: CONEVAL documentó durante dos décadas impactos reales y sostenidos. No hay evaluación seria que los descalifique; al contrario, son referencia internacional.

Hoy, en cambio, la política social funciona bajo otra lógica: transferencias universales, directas y sin condicionalidades. Son operativamente simples y políticamente valiosas. Pero desde la evaluación técnica, generan alivio, no transformación estructural.

Los datos de CONEVAL lo explican con claridad: la reducción de la pobreza reciente —incluida la cifra que presume que 13 millones de personas “salieron de la pobreza”— se explica principalmente por transferencias monetarias, no por mejoras en educación, salud, empleo formal o infraestructura social.
Y eso es crucial, porque significa que el avance depende del presupuesto, no del desarrollo. En cuanto se contrae la capacidad fiscal, el “éxito” desaparece. Los propios informes del Consejo señalan que sin las transferencias actuales, la pobreza regresaría casi a los niveles previos.

Por eso la cifra de los “13 millones” debe leerse con honestidad técnica: muchas personas cruzaron la línea estadística de la pobreza por un incremento temporal en el ingreso corriente, pero no salieron de la vulnerabilidad estructural. No mejoró su acceso a salud —que pasó de 16.2% a 39.1% de carencia—, no mejoró su estabilidad laboral —con 37% de pobreza laboral—, ni mejoró la informalidad, que sigue rondando el 55%.
Salir de la pobreza por transferencia no es lo mismo que salir de la pobreza por capacidades, educación, empleo o movilidad. La línea estadística se mueve; la realidad no.

Otra narrativa frecuente es la de la “desigualdad casi como la de Canadá”, apoyada en el Gini oficial de 0.391. Ese dato se repite como logro, pero su interpretación es profundamente incompleta. El descenso no se produjo por prosperidad generalizada, sino porque millones de personas perdieron ingreso durante la pandemia. Hubo una igualación forzada, no un avance estructural. Las mediciones ajustadas del World Inequality Lab y del Colegio de México colocan la desigualdad real entre 0.54 y 0.57, niveles comparables a Brasil, no a Canadá.

Por eso es importante distinguir política social de narrativa política.
La primera se mide en movilidad social; la segunda, en aprobación inmediata.
La primera construye capacidades; la segunda, dependencias.
La primera reduce pobreza estructural; la segunda administra la necesidad.

Los programas sociales actuales son útiles en lo inmediato, pero no sustituyen educación, salud, empleo de calidad ni crecimiento económico. No generan movilidad; la contuvieron. Funcionan, sí, pero como paliativo temporal, no como estrategia de transformación.

Y es aquí donde vale la pena sostener una verdad que no depende de afinidades partidistas: México ya tuvo programas sociales evaluados, exitosos, reconocidos y con resultados medibles. Hoy tenemos un modelo que privilegia la transferencia sobre el desarrollo.
El país necesita apoyos, pero también necesita que esos apoyos construyan futuro, no solo administren el presente.

El bienestar auténtico no se presume: se diseña, se evalúa y se sostiene en el tiempo.

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Por Mtro. Mariano Rocha
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