Border News
07/07/2026
FESTIVAL ÓPERA EN LA CALLE, EDICIÓN 23
La Ópera de Tijuana presentó oficialmente edición 23 del Festival Ópera en la Calle, que se realizará el sábado 18 de julio, de 2:00 p.m. a 12:00 a.m., sobre la calle 11, entre avenida Revolución y calle Madero.
Desde hace más de dos décadas, este festival ha convertido las calles de Tijuana en un gran escenario al aire libre, acercando la ópera, la música y las artes escénicas a miles de personas.
La edición 23, contará con tres escenarios, una amplia oferta gastronómica, actividades culturales y una programación artística para públicos de todas las edades. Se espera la participación de más de 400 personas entre artistas, músicos, bailarines, personal técnico, voluntarios y colaboradores.
La Mtra. María Teresa Riqué Jaime, directora general de la Ópera de Tijuana, destacó que el festival reafirma el compromiso de la institución por acercar la cultura a la comunidad. Asimismo, agradeció el respaldo de la Secretaría de Desarrollo Económico de Tijuana (SEDETI), la Secretaría de Cultura de Tijuana, el Instituto Municipal de Arte y Cultura (IMAC), patrocinadores, artistas, voluntarios y al equipo de la Ópera de Tijuana por hacer posible esta nueva edición.
El Lic. José G. Avelar, presidente del Consejo Directivo de la Ópera de Tijuana, reconoció el esfuerzo conjunto de instituciones, patrocinadores, artistas, voluntarios, medios de comunicación y del equipo de la Ópera de Tijuana que mantienen vigente este encuentro cultural.
El Mtro. Mario Montenegro, director de Producción de la Ópera de Tijuana, informó que esta edición se suma a la conmemoración del 150 aniversario del nacimiento del compositor español Manuel de Falla.
Además, dio a conocer que el número estelar será un homenaje al Mtro. Genaro Sulvarán, en reconocimiento a su trayectoria y aportación al desarrollo artístico y musical de la región.
Durante la conferencia de prensa, el Dr. Karim Chalita Rodríguez, presidente del Comité de Turismo y Convenciones de Tijuana (COTUCO), destacó la relevancia del festival como un evento que impulsa la actividad turística y cultural de la ciudad.
La ciudadanía está invitada a disfrutar de esta celebración cultural el próximo sábado 18 de julio, donde la música, el arte y la gastronomía vuelven a la calle 11.
Fotos: Brian Rosales. Equipo Lexica.
03/07/2026
El presente artículo testimonial comparte la experiencia de una académica mexicana durante su participación en el Seminario para el Fortalecimiento de las Capacidades de la Mujer en los Países de América Latina, realizado en la República Popular China.
A partir de una narrativa reflexiva, la autora describe cómo el contacto directo con la realidad china transformó su percepción sobre el desarrollo, la innovación tecnológica, la sostenibilidad, la educación, la productividad y el sentido de comunidad.
Más que una descripción de los avances materiales del país, el texto ofrece una mirada humanista sobre los valores que sustentan su desarrollo: la disciplina, la cultura del trabajo, el respeto por las tradiciones, la hospitalidad y la cooperación.
Asimismo, destaca la riqueza del intercambio académico y cultural con mujeres líderes de diversos países latinoamericanos, evidenciando el papel del diálogo intercultural como una herramienta para fortalecer la comprensión mutua y construir puentes entre naciones.
El artículo concluye que el conocimiento alcanza su mayor significado cuando la experiencia complementa la teoría, reafirmando que la apertura al aprendizaje y el encuentro entre culturas constituyen elementos esenciales para el desarrollo humano, la cooperación internacional y la formación de una ciudadanía con perspectiva global.
Lo que descubrí como mexicana en China cuando decidí mirar con mis propios ojos
Un viaje de aprendizaje: una experiencia de vida que transformó mi mirada
Hay viajes que nos llevan a nuevos destinos. Otros nos llevan a descubrir una nueva manera de mirar el mundo.
Este fue uno de ellos.
Este relato, ante todo, es una invitación.
Una invitación a viajar con la mente abierta, a cuestionar los prejuicios que suelen construirse desde la distancia y a descubrir que el entendimiento entre las naciones comienza cuando las personas deciden conocerse con respeto, curiosidad y humildad.
Hay viajes que transforman la mirada
Hay viajes que permanecen en la memoria por los lugares que visitamos. Otros, por las personas que conocemos.
Pero existen algunos que dejan una huella mucho más profunda: aquellos que transforman silenciosamente nuestra manera de comprender el mundo.
Cuando recibí la invitación para participar en el Seminario para el Fortalecimiento de las Capacidades de la Mujer en los Países de América Latina, imaginé que conocería una nación reconocida por su extraordinario desarrollo económico, sus avances tecnológicos y su creciente influencia internacional.
Había leído sobre China, había escuchado conferencias y conocía parte de su historia reciente.
Sin embargo, muy pronto comprendí que ninguna lectura podía sustituir la experiencia de caminar por sus ciudades, observar su vida cotidiana y conversar con las personas que hacen posible el extraordinario desarrollo que hoy distingue al país.
Como muchas personas, llegué con una imagen construida desde la distancia. No era una imagen equivocada; era, simplemente, una visión parcial de una realidad mucho más amplia.
Bastaron los primeros días para descubrir que la verdadera China no solo se encuentra en sus impresionantes indicadores económicos o en sus avances científicos.
Se encuentra en el orden de sus calles, en la armonía entre la innovación y la naturaleza, en la disciplina de su gente, en la hospitalidad con la que recibe a los visitantes y, sobre todo, en la visión de futuro que se percibe en la vida cotidiana.
Fue entonces cuando comprendí que este viaje no consistía únicamente en conocer un país. Consistía también en aprender una nueva manera de observar el mundo.
Cuando la realidad supera la imaginación
“La primera lección que recibí en China no provino de un aula ni de una conferencia. Comenzó en el instante en que la realidad desafió todo aquello que creía conocer.”
Mi primera impresión de China fue de asombro. No el asombro que provocan los grandes edificios o las obras monumentales, sino el que nace cuando la realidad supera aquello que uno había imaginado.
Había leído sobre el desarrollo económico y tecnológico del país, pero descubrirlo con mis propios ojos fue completamente diferente.
Muy pronto comprendí que la verdadera transformación de China no solo puede apreciarse en sus cifras de crecimiento, sino en la manera en que ese desarrollo forma parte de la vida cotidiana de millones de personas.
Recorrer la ciudad de Fuzhou, en la provincia de Fujian, y la ciudad de Nanning, en la Región Autónoma Zhuang de Guangxi, fue descubrir una organización que transmite tranquilidad, limpieza donde dominaba la naturaleza verde y la ausencia del tráfico intenso
En su lugar observé miles de motocicletas desplazándose con naturalidad, integradas a un sistema urbano que privilegia la eficiencia y contribuye a un entorno más limpio.
Cuando llegaba la noche, las ciudades adquirían una belleza distinta. Los edificios se iluminaban con impresionantes juegos de luces que reflejaban una visión moderna e innovadora.
Aquellas imágenes no representaban únicamente un espectáculo visual.
Simbolizaban una sociedad que mira hacia el futuro y que ha incorporado la tecnología como parte de su identidad y de su desarrollo
Una lección inesperada
Curiosamente, una de las experiencias que más me enseñó no ocurrió en un centro de investigación, ni en una universidad, ni durante una conferencia.
Ocurrió dentro de un pequeño taller dedicado al cultivo y transformación de perlas. Frente a mí abrieron varias ostras para descubrir las perlas que guardaban en su interior.
Elegí algunas de ellas y pedí que fueran convertidas en anillos, aretes y collares. Pensé que tendría que regresar al día siguiente para recogerlas.
Mi sorpresa fue enorme cuando, poco más de una hora después, las piezas estaban completamente terminadas.
Aquella experiencia fue mucho más que la elaboración de una joya.
Fue una lección sobre la manera en que el conocimiento, la organización, la precisión y la experiencia pueden integrarse para ofrecer un trabajo de extraordinaria calidad.
Comprendí que la productividad no consiste únicamente en hacer las cosas más rápido. Consiste en hacerlas bien.
Con responsabilidad, con respeto por el oficio.
Y con el deseo genuino de superar las expectativas de quien deposita su confianza en nuestro trabajo.
Lo que más me impresionó
Mientras avanzaban los días descubrí algo que terminaría convirtiéndose en una constante durante todo el viaje.
La infraestructura me sorprendía.
La tecnología me admiraba.
Pero las personas eran quienes verdaderamente permanecían en mi memoria.
Encontré mujeres y hombres comprometidos con su trabajo, orgullosos de lo que hacían y siempre dispuestos a orientar a quienes llegábamos de otros países.
En cada conversación encontraba una actitud de servicio que parecía surgir con absoluta naturalidad.
Regresé convencida de que la mayor riqueza de una nación no reside únicamente en sus avances científicos, en sus edificios o en sus indicadores económicos.
También se encuentra en la cultura del trabajo, en la educación, en la organización cotidiana y en la convicción compartida de que el desarrollo debe traducirse en bienestar para las personas.
Y esa fue, quizá, la primera gran lección que China comenzó a enseñarme.
La realidad superó con creces mis expectativas.
Descubrí un país que ha sabido convertir la visión en acción y los proyectos en realidades tangibles.
Comprendí que, en China, el futuro no se espera: se construye cada día mediante la educación, la innovación, el trabajo y una visión compartida de largo plazo.
En muchos sentidos, ese futuro ya forma parte de la vida cotidiana de millones de personas.
La fuerza de una comunidad que construye el futuro.
Después descubrí a las personas.
Más allá de la infraestructura, la tecnología y el desarrollo urbano, hubo un aspecto que me impresionó profundamente: la actitud de las personas frente al trabajo y el sentido de comunidad que percibí durante mi estancia.
En distintos espacios observé personas comprometidas con lo que hacían.
No importaba si se trataba de un profesor universitario, un artesano, un conductor o el personal que nos acompañó durante el seminario; en todos encontré una disposición constante para hacer bien su trabajo, colaborar con los demás y contribuir al logro de un objetivo común.
Me llamó especialmente la atención la forma en que el trabajo parecía entenderse como un esfuerzo compartido.
Con frecuencia observé cómo las personas se apoyaban entre sí, buscaban soluciones de manera conjunta y encontraban formas de comunicarse aun cuando el idioma representaba una barrera.
Siempre había alguien dispuesto a orientar, explicar o ayudar.
Una experiencia que dejó una profunda impresión en mí fue conocer el compromiso de algunos de los profesores e investigadores que participaron como ponentes en el seminario. Varios de ellos impartieron conferencias durante el fin de semana, precisamente porque esos eran los días en que disponían de tiempo fuera de sus responsabilidades habituales.
Lejos de percibirlo como una obligación, transmitían entusiasmo por compartir su conocimiento y por contribuir a la formación de quienes participábamos en el programa. Aquella experiencia me llevó a reflexionar sobre el verdadero significado del compromiso con la educación.
Comprobé lo que siempre he afirmado, enseñar no consiste únicamente en transmitir información, sino también en compartir tiempo, experiencia y vocación con la convicción de que el conocimiento puede transformar vidas.
Quizá uno de los mayores aprendizajes que me llevé de China fue descubrir que el desarrollo de una nación no depende exclusivamente de la tecnología o de la infraestructura.
También se construye a partir de una cultura donde el trabajo colaborativo, el sentido de comunidad, la disciplina y la disposición permanente para aprender forman parte de la vida cotidiana.
Los detalles que también hablan de una cultura
Más tarde comprendí la cultura.
Con frecuencia, cuando pensamos en el desarrollo de un país, imaginamos grandes proyectos de infraestructura, impresionantes avances tecnológicos o indicadores económicos. Sin embargo, durante mi estancia en China comprendí que una cultura también se revela en los pequeños detalles.
Me sorprendió descubrir que muchos dispositivos tecnológicos tenían un costo mucho más accesible de lo que había imaginado.
Teléfonos, accesorios electrónicos y otros productos reflejaban una combinación de innovación, calidad y precios competitivos que contrastaba con la idea que había formado antes de viajar.
La misma sensación tuve al recorrer distintos establecimientos comerciales. Encontré prendas de vestir con diseños actuales, materiales de buena calidad y precios que me parecieron muy accesibles.
Aquella experiencia modificó nuevamente una percepción que llevaba conmigo y me recordó que, en ocasiones, nuestras ideas sobre otros países permanecen ancladas en imágenes del pasado.
Pero quizá fueron los pequeños gestos cotidianos los que más profundamente hablaron de la hospitalidad que encontré.
Nunca olvidaré los pequeños gestos de hospitalidad: la atención permanente a nuestras necesidades, el cuidado de cada detalle, la disposición para ayudarnos, la calidez con la que fuimos recibidos y el respeto con el que cada integrante del grupo fue tratado.
Más que una atención protocolaria, percibí una auténtica cultura del servicio, donde hacer sentir cómodo al visitante parecía formar parte natural de la experiencia.
La gastronomía representó para mí un aprendizaje diferente. Como mexicana, mis costumbres alimenticias son distintas y algunos sabores escapaban a aquello a lo que estoy acostumbrada.
Sin embargo, algo que agradecí profundamente fue el esfuerzo permanente de nuestros anfitriones por ofrecer opciones variadas que facilitaran nuestra adaptación.
Ese interés constante por cuidar el bienestar del grupo fue, para mí, otra expresión de la hospitalidad que caracterizó toda la experiencia.
Comprendí entonces que la innovación no siempre se manifiesta únicamente en la tecnología.
También puede expresarse en una cultura de servicio donde la atención a los detalles, la anticipación a las necesidades de las personas y el deseo genuino de hacer sentir bienvenido al otro forman parte de la vida cotidiana.
Finalmente entendí lo que ese viaje había dejado en mí.
Cuando emprendí este viaje, pensé que conocería un país. Nunca imaginé que también emprendería un viaje interior.
Regresé a México con mucho más que fotografías, recuerdos o un diploma que acreditaba mi participación en un seminario internacional.
Regresé con una manera distinta de comprender el desarrollo, la educación, el trabajo, la innovación y el enorme valor que tiene conocer una cultura desde la experiencia y no únicamente desde la distancia.
China dejó en mí la certeza de que el desarrollo de una nación no se construye de un día para otro.
Es el resultado de una visión compartida, del trabajo constante, de la disciplina cotidiana y de la convicción de que cada persona puede contribuir al bienestar colectivo.
Descubrí una sociedad que mira hacia el futuro sin renunciar a la riqueza de sus raíces.
En China observé cómo la innovación tecnológica convive con costumbres milenarias, recordando que una nación puede avanzar sin perder aquello que le da identidad a la par de la nueva calidad en la productividad.
Pero quizá lo que más profundamente tocó mi corazón fue la calidad humana.
Recuerdo especialmente la ceremonia de clausura del seminario.
Durante la cena, uno de los primeros platillos fue servido al director del Centro de Cooperación Económica Internacional de la provincia de Fujian, institución organizadora. Con absoluta naturalidad, él lo ofreció a una de las participantes que se encontraba a su lado. Fue un gesto sencillo, casi silencioso, pero profundamente significativo.
En aquel instante comprendí que el liderazgo también puede expresarse a través de la generosidad y del respeto hacia los demás.
China dejó en mí muchas imágenes inolvidables.
Sin embargo, las imágenes más valiosas no fueron las de su infraestructura; fueron las de su gente.
Hay un recuerdo que permanece con una serenidad especial.
Prácticamente todos los lugares que visitábamos, siempre había una taza de té esperándonos.
Antes de iniciar una reunión, durante una conversación, al llegar a una institución o simplemente como una muestra de bienvenida, el té aparecía con absoluta naturalidad.
Con el paso de los días comprendí que no era únicamente una bebida, era una forma de recibir al otro.
Tuve también la oportunidad de conocer el proceso del cultivo del té y participar en una ceremonia tradicional del té de jazmín.
Aquella experiencia me permitió descubrir que preparar una taza de té es mucho más que seguir un procedimiento.
Es un ritual donde cada movimiento tiene un significado, cada pausa invita a la contemplación y cada detalle expresa respeto por una tradición que ha acompañado a generaciones durante siglos.
Mientras observaba aquella ceremonia pensé que, en una sociedad reconocida mundialmente por su extraordinario desarrollo tecnológico, también existía un profundo respeto por sus raíces culturales.
Esa combinación me conmovió.
China me enseñó que avanzar hacia el futuro no significa abandonar la historia. Al contrario, comprendí que una nación puede innovar, transformar su economía y liderar el desarrollo tecnológico mundial sin renunciar a las tradiciones que le dan identidad.
“Desde entonces, cada vez que el aroma del té de jazmín llena mi casa, no recuerdo únicamente un país. Recuerdo a las personas, las conversaciones, las sonrisas, las enseñanzas y la certeza de que hay viajes que nunca terminan, porque continúan habitando en nuestra manera de mirar el mundo.”
Hoy comprendo que la realidad superó ampliamente mis expectativas porque encontré mucho más de lo que había imaginado.
Encontré una nación que trabaja con visión de largo plazo que, apuesta por la educación, que impulsa la innovación, que cuida su entorno y que, al mismo tiempo, conserva sus tradiciones.
Como académica mexicana, este viaje fortaleció una convicción que siempre ha acompañado mi labor docente: el conocimiento alcanza su mayor significado cuando se encuentra con la experiencia.
Los libros nos ayudan a conocer el mundo; las vivencias nos permiten comprenderlo.
No regresé siendo una persona diferente. Regresé siendo una persona que comprende mejor. Y ese, quizá, fue el regalo más valioso que China dejó en mí.
Expreso mi reconocimiento y gratitud a las extraordinarias mujeres representantes de Cuba, el Salvador, Honduras, Nicaragua, Paraguay, Costa Rica, Bolivia, Colombia y México, con quienes tuve el privilegio de compartir este seminario.
La convivencia, el intercambio de experiencias, la solidaridad y la amistad construida entre nosotras constituyen uno de los mayores aprendizajes que este viaje dejó en mi vida.
Cada una, desde su historia y compromiso con su país, enriqueció profundamente esta experiencia y reafirmó mi convicción de que el liderazgo femenino encuentra su mayor fortaleza cuando se construye desde la colaboración, el respeto y el propósito compartid
China nos reunió como participantes de un seminario.
Pero, nos despedimos como amigas latinoamericanas.
Comprendí que la cooperación internacional no comienza con los acuerdos entre gobiernos.
Comienza cuando las personas descubren que, aun habiendo nacido en países distintos, pueden reconocerse en los sueños, en los desafíos y en el deseo compartido de construir un futuro mejor para otras mujeres.
Finalmente entendí lo que ese viaje había dejado en mí.
China dejó en mí mucho más que el recuerdo de ciudades extraordinarias, innovación tecnológica o paisajes inolvidables.
Dejó admiración por un pueblo que ha sabido construir el futuro sin renunciar a la fuerza de su historia; dejó nuevas amistades que hoy trascienden las fronteras y un profundo respeto por el valor de la cooperación, la educación y el entendimiento entre las personas y las naciones.
Como académica mexicana, regresé convencida de que el conocimiento adquiere su verdadero significado cuando la teoría encuentra a la experiencia y cuando el aprendizaje se transforma en una oportunidad para construir puentes entre culturas.
Ése fue, quizá, el mayor regalo de este viaje.
No solo descubrí una nueva manera de mirar a China. Descubrí una nueva manera de mirar el mundo.
Y, sobre todo, confirmé una convicción que desde ahora acompañará mi vida personal y académica:
Los prejuicios se construyen desde la distancia; el entendimiento nace cuando decidimos mirar con nuestros propios ojos.
Asimismo, expreso mi más profundo agradecimiento a la Embajada de la República Popular China en Tijuana, al Ministerio de Comercio de la República Popular China y al Centro de Cooperación Económica Internacional de la Provincia de Fujian, por hacer posible una experiencia de aprendizaje, diálogo intercultural y cooperación que fortaleció los vínculos entre China y América Latina.
Gracias por hacer posible una experiencia que trascendió el ámbito académico para convertirse en un espacio de diálogo intercultural, aprendizaje compartido y fortalecimiento de los vínculos de cooperación y amistad entre China y los países de América Latina.
“Viajé a China para conocer un país. Regresé comprendiendo que, en realidad, había conocido una manera diferente de construir el futuro.”
Con profunda gratitud, Dra. Sonia Moreno Cabral
Tijuana Baja California, México.
Artículo testimonial elaborado a partir de la participación de la autora en el Seminario para el Fortalecimiento de las Capacidades de la Mujer en los Países de América Latina, celebrado en la República Popular China.
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