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30/06/2026

Desde la Antigüedad, la filosofía ha considerado el diálogo como una de las formas más valiosas de búsqueda del conocimiento. Sócrates convirtió la conversación en un método para examinar las creencias, descubrir contradicciones y aproximarse a la verdad. Argumentar no consistía en derrotar al interlocutor, sino en pensar mejor junto con él. Esa idea contrasta con un fenómeno característico de la comunicación digital contemporánea. La aparición de personas cuya participación en una conversación tiene como objetivo principal provocar, desestabilizar, humillar o interrumpir el intercambio racional. A estas conductas se les conoce comúnmente como 'trolling' y a quienes las realizan se les denomina 'trols' de internet.

El término 'troll' comenzó a utilizarse en los primeros foros y comunidades digitales durante las décadas de 1980 y 1990. Su origen más aceptado dentro de la cultura de internet proviene del verbo inglés 'to troll', empleado en la pesca para describir la acción de arrastrar lentamente un anzuelo con el fin de provocar que algún pez muerda el señuelo. La metáfora resulta elocuente. El propósito consiste en lanzar un mensaje deliberadamente provocador para atraer respuestas emocionales y alterar la conversación. Aunque el nombre también coincide con la criatura del folclore escandinavo, el uso relacionado con los foros digitales se desarrolló principalmente a partir de esa metáfora de la pesca.

Desde una perspectiva filosófica, el problema no reside únicamente en la descortesía. El interés aparece cuando la comunicación deja de orientarse hacia la búsqueda compartida de razones y se convierte en un ejercicio de manipulación del intercambio. El objetivo ya no consiste en comprender ni en ser comprendido. Consiste en provocar reacciones, generar conflicto o convertir la conversación en un espectáculo.

Esta diferencia recuerda una antigua distinción presente en la filosofía griega. Platón criticó duramente a quienes utilizaban el discurso como una técnica de persuasión desvinculada de la verdad. En diálogos como el 'Gorgias', cuestionó una retórica interesada únicamente en producir efectos sobre el auditorio sin preocuparse por la solidez de los argumentos. Su crítica no estaba dirigida contra toda retórica, sino contra el uso del lenguaje cuando abandona la búsqueda de la verdad para perseguir únicamente la victoria o el impacto.

Aristóteles, por su parte, entendía que el ser humano es un 'zóon politikón', un ser cuya realización depende de la vida en comunidad. Esa convivencia solo puede sostenerse mediante el 'logos", palabra que designa tanto el lenguaje como la razón. Hablar no consiste simplemente en emitir sonidos o expresar emociones. Significa compartir razones acerca de lo justo, lo conveniente y lo verdadero. Cuando el lenguaje pierde esa función deliberativa, también se deteriora una de las condiciones fundamentales de la vida común.

Hannah Arendt observó que el espacio público depende de la posibilidad de intercambiar opiniones y argumentos entre ciudadanos que, aun siendo diferentes, reconocen mutuamente su condición de interlocutores. La discusión pública deja de cumplir esa función cuando el otro deja de ser considerado alguien con quien dialogar y pasa a convertirse únicamente en un objeto de ridiculización o ataque.

Jürgen Habermas desarrolló una idea semejante mediante su teoría de la acción comunicativa. Sostuvo que la comunicación orientada al entendimiento exige ciertas condiciones mínimas. Quienes participan deben aspirar a la inteligibilidad, la sinceridad, la veracidad y la corrección de aquello que afirman. Cuando la intención principal consiste en manipular, provocar o impedir el entendimiento, la comunicación pierde su finalidad racional.

Esto no significa que toda confrontación de ideas constituya 'trolling'. El desacuerdo es una condición normal del pensamiento filosófico. La filosofía avanza precisamente porque existen objeciones, críticas y revisiones constantes. Una discusión rigurosa puede ser intensa, incómoda e incluso apasionada sin abandonar el respeto por los argumentos. El problema aparece cuando la provocación sustituye al razonamiento y la reacción emocional se convierte en el verdadero objetivo del intercambio.

Diversas investigaciones en psicología y ciencias del comportamiento han observado que determinadas características del entorno digital pueden favorecer este tipo de conductas. El anonimato relativo, la ausencia de contacto cara a cara, la comunicación asincrónica y ciertos mecanismos de recompensa propios de las plataformas modifican la forma en que algunas personas interactúan. Sin embargo, estas condiciones no determinan el comportamiento individual ni explican por sí solas el fenómeno. Constituyen factores contextuales que pueden facilitar determinadas formas de participación, pero no sustituyen la responsabilidad personal de quien decide actuar de ese modo.

Quizá la filosofía recuerde aquí una lección sencilla y exigente al mismo tiempo. La calidad de una conversación depende tanto de la calidad de los argumentos como de la disposición ética de quienes participan en ella. Pensar con rigor implica también escuchar, responder a las razones del otro y aceptar que una discusión puede enriquecer nuestra comprensión incluso cuando termina sin acuerdo.

En un tiempo donde la atención suele convertirse en un bien disputado y la provocación puede generar más visibilidad que la reflexión, conservar espacios dedicados al diálogo racional constituye un desafío intelectual y ético. La filosofía no propone eliminar el conflicto, porque sabe que el desacuerdo forma parte del pensamiento. Propone algo distinto. Recordar que discutir no consiste en derrotar a una persona, sino en poner a prueba las ideas para acercarnos, en la medida de lo posible, a una comprensión más sólida de la realidad.

Dta. Claudia Hernández

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