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10/05/2026

LAS CINCO COSAS QUE NUNCA LE HEMOS DICHO A MAMÁ

Hay palabras que suelen quedarse atrapadas en el corazón.
Tal vez porque creemos que las madres estarán siempre allí: encendiendo la luz de la casa antes de nuestra llegada, preguntando si hemos comido, alegrándose en silencio por nuestros triunfos y elevando oraciones incluso cuando ya somos adultos.

Nos acostumbramos tanto a su amor, que olvidamos decirles aquello verdaderamente importante.

Quisiera hablar de esas verdades silenciosas que muchos hijos sienten, pero pocas veces pronuncian.

Quizá aún estamos a tiempo.

1. PERDÓN POR CREER QUE USTED SERÍA ETERNA

Nos acostumbramos tanto a su presencia, que olvidamos que el tiempo también acaricia lentamente el rostro de las madres.
Creímos que sus abrazos siempre nos esperarían al final del día, que su voz jamás faltaría en la casa y que habría una eternidad suficiente para agradecerle todo lo que hizo por nosotros.
Pero la vida avanza en silencio.
Y un día comprendemos, con una tristeza imposible de explicar, que debimos abrazarla más fuerte y escucharla con mayor atención.

2. NUNCA IMAGINAMOS TODO LO QUE USTED CALLÓ POR NOSOTROS

Sus cansancios casi siempre fueron discretos.
Nadie vio completamente las noches en que permaneció despierta preocupándose por sus hijos. Nadie escuchó aquellas oraciones pronunciadas en voz baja mientras el resto dormía.
Mientras nosotros crecíamos, usted fue dejando pequeños fragmentos de su propia vida para construir la nuestra.
Y aun así, jamás pidió reconocimiento.

3. SU AMOR NOS SALVÓ MÁS VECES DE LAS QUE USTED IMAGINA

A veces bastaba escuchar su voz para recuperar la calma.
Una bendición antes de salir de casa.
Una comida servida con ternura.
Sus manos sobre nuestra frente en los días de enfermedad o tristeza.
Las madres poseen la extraordinaria capacidad de sostener el mundo sin necesidad de hacerlo visible.
Y quizá nunca terminaremos de comprender cuántas veces su amor evitó nuestras caídas.

4. NOS ACOSTUMBRAMOS TANTO A TENERLA, QUE OLVIDAMOS AGRADECERLE

Fuimos dejando conversaciones para después.
Las visitas para otro momento.
Los abrazos para un día cualquiera.
Mientras nosotros corríamos detrás de la vida, usted continuaba esperando con el mismo amor sereno de siempre.
Qué doloroso resulta entender, demasiado tarde, que había alguien cuya felicidad consistía únicamente en vernos regresar a casa.

5. AUNQUE HAYAMOS CRECIDO, TODAVÍA NECESITAMOS SU ABRAZO

La vida podrá llenarnos de años, responsabilidades y títulos… pero jamás deja de existir en nosotros la necesidad de una madre.
Porque hay dolores que únicamente descansan al escuchar su voz.
Hay cansancios que encuentran paz en su presencia.
Y existen heridas invisibles que solo el amor de una madre consigue aliviar.

Mientras escribo estas líneas, inevitablemente pienso en las mujeres que marcaron mi existencia.
Pienso en mi madre Carmita, en su amor silencioso y en esa fortaleza serena que nunca necesitó aplausos para sostener a quienes ama.

Pienso también en mi abuelita Carmelita, cuya bondad infinita permanece viva incluso después de su partida. Hay seres humanos cuya luz trasciende el tiempo y permanece habitando los recuerdos más profundos del alma.

Recuerdo sus manos bondadosas.
La sencillez de su cariño.
Su fe intacta incluso en los días más difíciles.

Y entonces vuelve a mi memoria la imagen de la Madre Dolorosa del Colegio. Esa mirada profundamente maternal que parecía contener el amor, la paciencia y también el dolor silencioso de todas las madres del mundo.

Como si esperara, en silencio, que sus hijos regresen nuevamente a su encuentro.
Porque quizá la herida más profunda para una madre no sea el cansancio… sino la indiferencia.
Cuántas madres esperan una llamada que nunca llega.

Cuántas esconden la tristeza detrás de una sonrisa serena.
Cuántas continúan guardando intacto el amor, aun cuando la casa empieza a sentirse vacía.

La vida nos enseñó a correr, pero pocas veces nos enseñó a volver.
Volver a abrazarlas.
Volver a escucharlas sin mirar el reloj.
Volver a sentarnos junto a ellas aunque sea unos minutos.

Porque llegará el día en que daríamos cualquier cosa por escuchar nuevamente su voz pronunciando nuestro nombre.
Y entonces comprenderemos algo profundamente humano y eterno:
que el amor más puro que hemos conocido en esta vida… siempre tuvo el rostro de mamá.

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