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10/04/2026

CUANDO LAS COMADRES SE PELEAN, SACAN LOS TRAPITOS AL SOL (Y HASTA LOS QUE NO ERAN SUYOS)

Como todos los viernes, 07:00 en la puerta de la panadería:

— Clementina: ¡Ave María Purísima, mi Marujita! Ay, lo que los compadres se han peleado, ¡qué tal! Si antes eran uña de dedo gordo y sucio, inseparables mismo eran; como el mote y el chicharrón de la Diez de Agosto. Total, ahora están más peleados que cura y cantinero en Viernes Santo; allí se andan diciendo de todo, sacándose los cueros al sol en plena plaza pública sin un mínimo de decencia.

— Maruja: ¡Ele! Cuente nomás, Clementina, que ya me tiene con el Jesús en la boca. ¿Qué mismo ha pasado con todo ese alboroto de las oficinas paralelas y las dietas del "más allá"?

— Clementina: ¡Ay, mija! Si yo ya me tomé una agüita de pítimas para que no me dé el soponcio. Resulta que el “Gordito que era de la EMOV”, ese que ahora anda con el despecho que no le entra en el chaleco, ha salido a decir que el “Cuentero” ha sabido tener una "sucursal virtual". ¡Vea usted qué gringuería! Dice que toditas las propuestas para los servicios del pueblo pasaban primero por un correo personal, un Gmail ni sé qué, para que el “niño” les dé el visto bueno desde su alcoba allá en Chaullabamba. ¡Qué "oficinita" tan bien montada han sabido tener!

— Maruja: ¡A caray! ¿O sea que la ventanilla oficial ha sido de puro adorno, como santo de pueblo? ¿Y el “Tortillero” qué ha dicho pues? ¡Ese hombre es más resabiado que mishi de tejado! No se ha de haber quedado callado frente a la acusación del “Gordito canoso”.

— Clementina: ¡Qué se va a quedar callado pues! Ese hombre no tiene medida ni caridad cristiana. En vez de explicar por qué los negocios de la ciudad se tratan como chismes de barrio por correo privado, le ha mandado al “que necesita dieta” a cerrar el pico y abrir el gimnasio. ¡Qué bajeza, por la Virgen de Bronce! Le ha dicho que se ha vendido por un plato de lentejas y que mejor se vaya a trotar porque ya no entra ni en la silla. ¡Pobre hombre, le ha dado donde más le duele, en la barriguita mismo!

— Maruja: ¡Ay, pero espere, Clementina! Que la cosa no queda ahí. El “Gordito” se ha puesto digno y le ha gritado que es un “gordofóbico” al Tortillero. ¡Vea usted qué palabrotas se inventan ahora! Dice que le tiene fobia a la grasita. Pero yo digo una cosa, Marujita... si el pobre está así de "entradito en carnes", ha de ser de tanto comer Melcocha en el pasado, cuando eran tan íntimos. ¡Tanta melcocha le ha de haber hecho daño a la tiroides, y de tanta tiroides se habrá engordado!

— Clementina: ¡Calle, calle! Bien dice usted, de tanta melcocha dulce que se daban antes, ahora el uno está diabético de las iras y el otro está empachado de poder. Pero lo peor de todo, mija, es que el “Cuentero” negó la oficina paralela de dientes para afuera, pero ahí mismo aceptó que él revisa toditititos los papeles con lupa antes de que los suban al sistema. O sea, mija, que la oficina paralela es él mismo en pijama de arcoíris en el barrio de ricachos en Chaullabamba, decidiendo quién agarra contrato y cuánto de comisión. ¡Qué modernos nos han resultado!

— Maruja: ¡Atatay con esos modos! Parecen dos lavanderas peleándose por el jabón en el Tomebamba. La una le dice "traidor lentejero" y la otra le responde con la báscula en la mano. Y mientras estas dos comadres se sacan los trapitos, la ciudad está que parece selva virgen con tanto monte, porque para la bordeadora no ha de haber "correo personal" que valga. ¡Qué longuería, carajo!

— Maruja: Ojalá nosotras jamás nos peleemos, Clemen; si no, imagínese todo lo que contaría de usted... ¡hasta lo de su nieto que nació de seis meses y con 4 kilos la criatura, jajaja! ¡Ni me hará hablar! Jajaja.

— Clementina: ¡Vea a esta! ¡Calle la boca, caracho! ¡Lengua de hacha! Dios no quiera, mija, que aquí la que no cae, resbala. Mejor recemos un rosario de quince misterios para que al “Gordito Lentejero” le baje el azúcar de tanta melcocha vieja y al “Cuentero” no se le metan de nuevo los de Fiscalía a allanar su palacete; porque con este relajo, ya mismo nos cobran impuesto por pisar el kikuyo municipal de esos parques que ahora parecen selva de Jivaría. ¡Mírelo al "niño", tan tecnológico que nos resultó el Cuentero mandando correos en pijama!

— Maruja: ¡Ay, calle, vea! Lo que es yo, ya me voy guardando mis secretos bajo siete llaves, no sea que el Tortillero me los quiera "direccionar" por Gmail también. ¡Qué despropósito, por la Virgen de la Merced!

¡Eso nomás sería!

26/03/2026

La Leyenda de:
TAKIY KUCHA Y EL WAYRA URKU

En el valle, al pie del Cajas, vivía una joven y hermosa pastorcita cuya voz parecía tejida con hilos de viento. Cada día salía con sus llamas y, en lugar de guiarlas con silbidos o gritos, las conducía con un trino en cada aliento.

Las llamas la seguían dóciles, como si comprendieran el alma de cada nota. En el poblado todos la querían, pero nadie la amaba tanto como su padre. Él decía que su canto no era solo bello… era necesario. Porque cuando ella cantaba, el valle se sentía completo.

Sin embargo, la pastorcita guardaba un secreto: mientras cantaba, siempre miraba hacia la cordillera, hacia lo alto, hacia lo desconocido. Era como si su voz ya supiera que el infinito era su sagrado reto.

Un día, un cóndor andino cruzó el firmamento del valle. No era un ave de paso; era Apu Kuntur, el mensajero de los cielos. No la vio primero, la escuchó. Aquel canto, vibrando entre las rocas, lo detuvo en pleno vuelo. Descendió con la elegancia del rayo, tomó forma humana y se acercó a la joven que cantaba como si la vida misma dependiera de su acento.

Se encontraron en la frontera del pajonal. Él le habló de las alturas, donde nacen los vientos; ella le habló de la tierra, donde las cosas crecen y echan raíces. Él era el cielo infinito; ella, la savia del suelo bendito. Entre ambos nació un sentimiento puro que no necesitaba nombre, un lazo tan fuerte que ni el tiempo borraría su rastro.

—Quiero conocer lo que hay allá arriba —le dijo ella un día, señalando las cumbres más altas, donde el aire se vuelve cristal.
Apu Kuntur la miró en silencio. Sabía que aquel mundo de piedra y soledad no estaba hecho para los humanos, pero también comprendía que el canto de la joven poseía la fuerza de los elementos. Así que, con un gesto de ternura, aceptó.

Volaron. Subieron más allá de las nubes y del frío, hasta las cimas del hoy llamado Cerro Arquitectos. Allí, donde el viento nace y la paz sobreviene, ella miró el mundo desde la cumbre y sintió que su alma, por fin, encontraba su tarima. Pero entonces, el recuerdo de su padre cruzó su mente como una sombra.

—Quiero quedarme —dijo ella con firmeza—. Quiero estar aquí, contigo, donde el mundo es eterno. Apu Kuntur guardó silencio, escuchando el latido de la montaña. —Pero mi canto —continuó la joven— no puede quedar atrapado en la altura. Quiero que baje al valle. Quiero que mi padre lo escuche en la brisa y sepa que su hija es libre y está bien.

El viento se detuvo por un instante, como si el universo entero contuviera el aliento ante tal promesa.

Apu Kuntur extendió sus alas monumentales, no con tristeza, sino con una comprensión profunda. Entonces, la transformó: su voz se volvió agua cristalina y su canto se hizo ondas de plata. Así nació la Takiy Kucha (la Laguna que Canta): un espejo azul en lo alto que guarda dentro de sí una melodía viva que nunca calla.

Él no se marchó. No volvió a las naves del cielo, sino que se quedó junto a ella para siempre. Se volvió piedra, altura y vigía. Ese cerro es conocido, por quienes aún guardan la memoria del suelo, como Wayra Urku: el cerro del viento.

Desde entonces, Wayra Urku sopla desde su cima con aliento constante. No lo hace como tormenta que asusta, sino como una caricia necesaria para que Takiy Kucha cante; para que su voz descienda por los pajonales, viaje entre las quebradas y llegue, suave y rítmica, hasta los oídos del pueblo.

💔 Y cuentan que…Su padre, en ciertas tardes cuando el aire baja fresco del páramo, se detiene y cierra los ojos. Entonces sonríe, porque reconoce esa cadencia familiar. Sabe que no es solo el viento, ni es solo el agua; es su hija, la pastorcita del Cajas, cumpliendo su promesa de cantar para él hasta el fin de los tiempos.

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