Red Informativa de Cuba
05/02/2026
🔊PERÍODO ESPECIAL EN CUBA SIN TIEMPO NI PAZ
Cuando sobrevivir deja de ser resistencia y se convierte en desgaste social.
La crisis que se avecina no es una advertencia más. La reciente reaparición pública de Miguel Díaz-Canel, invocando otra vez el fantasma del Período Especial, golpea directo al presente del país. No hay cifras, no hay medidas concretas; solo palabras que evocan un pasado doloroso y dejan a la población frente a la incertidumbre y el miedo.
Es un aviso urgente, una señal política inequívoca de que la élite gobernante prepara el terreno mientras los cubanos sienten que lo que se avecina podría ser tan severo —o incluso más— que aquella época que marcó a toda una generación.
Ante esta gravedad, resulta imprescindible ofrecer una visión clara y directa, sin consignas ni anestesia discursiva. No se trata de alarmar, sino de que cada cubano —con memoria y con información— pueda decidir si acepta lo que viene o si ha llegado el momento de cuestionar el rumbo impuesto.
El Período Especial no fue una “etapa difícil”, fue la mayor crisis económica y social del siglo XX cubano. Tras el colapso de la Unión Soviética, la isla perdió más del 80 % de su comercio exterior. Se quedó sin petróleo, sin divisas y sin capacidad productiva. Pero esas cifras tenían rostro humano:
La falta de combustible paralizó el transporte, obligando a millones a movilizarse en bicicletas, recorriendo kilómetros diarios bajo el sol, no por conciencia ecológica, sino por pura necesidad.
Los apagones de 12 horas o más se convirtieron en rutina. Cocinar dependía de keroseno, leña o inventos improvisados; la comida se echaba a perder.
El hambre dejó de ser un concepto y se volvió experiencia física. La desnutrición generalizada provocó pérdida de peso, afectó el desarrollo infantil y se vinculó a enfermedades degenerativas, neuropatías y problemas visuales. El Estado, con apoyo de organismos internacionales, distribuyó multivitamínicos y suplementos de la ONU, intentando contener una crisis sanitaria que ya no podía ocultarse.
La supervivencia se sostuvo en el racionamiento extremo, el invento doméstico, la agricultura urbana improvisada y un mercado negro que se convirtió en la única vía real para acceder a proteínas, medicinas y productos básicos. Mientras tanto, el gobierno respondió con control político, campañas de resistencia y reformas mínimas, diseñadas no para transformar el modelo, sino para sostenerlo.
Las secuelas de aquel período —desigualdad, desgaste social, migración masiva y pérdida de confianza— no desaparecieron, quedaron incrustadas en la estructura del país.
Treinta años después, el Período Especial vuelve al discurso porque sus síntomas regresan con fuerza reconocible entre apagones prolongados, escasez de alimentos, inflación desbordada, transporte colapsado y servicios básicos en deterioro acelerado. Pero esta vez no hay salvavidas externos, ya no existe la URSS ni un bloque socialista dispuesto a subsidiar el sistema, y los apoyos que se mencionan no son otros que el activismo de grupúsculos insignificantes, meramente simbólicos. La sociedad está más cansada, más informada y menos dispuesta a aceptar sacrificios indefinidos.
La crisis actual no solo recuerda al Período Especial; en varios aspectos lo supera. El aparato productivo colapsa, la infraestructura energética está agotada y el país depende de importaciones que ya no puede pagar. El turismo no despega, la dolarización fragmenta a la sociedad y el peso cubano se devalúa sin control. El salario estatal ha perdido toda capacidad de sostener la vida cotidiana.
Frente a este escenario, el gobierno desempolva las mismas recetas de los años 90: racionamiento, campañas de ahorro, agricultura urbana y llamados a la resistencia. Pero esas herramientas, que entonces eran insuficientes, hoy resultan aún más ineficaces. La libreta de abastecimiento no garantiza puntualidad, cantidad ni calidad; los apagones provocan indignación inmediata; la agricultura urbana no compensa el colapso del sistema agrícola nacional. La dolarización, lejos de aliviar, convierte la supervivencia en un privilegio reservado a quienes reciben divisas.
El resultado es un país al límite. Cada apagón prolongado significa alimentos perdidos, ancianos sin ventilación, niños sin descanso y trabajadores sin transporte. Cada cola interminable erosiona la paciencia social. Y la represión selectiva, utilizada para contener el descontento, no resuelve la crisis: solo la aplaza.
Las señales de quiebre son claras, se les ve transitar entre protestas espontáneas, migración masiva, desconfianza total en el discurso oficial y una población que ya no espera soluciones del Estado, sino que aprende a sobrevivir al margen de él. A diferencia de los años 90, hoy la gente recuerda, compara y saca conclusiones.
Cuba no carece de alternativas; carece de voluntad política para aplicarlas. Hoy, solo existe un camino posible: una transición política pactada que reintegre derechos y libertades, reconstruya instituciones y devuelva protagonismo al ciudadano, acompañada de una reforma económica integral que libere de verdad las fuerzas productivas. Pero para recorrerlo, el sistema debe enfrentar lo que ha evitado durante décadas, ceder el control y perder poder.
Un modelo entra en fase terminal no cuando cae, sino cuando deja de convencer. Y en Cuba, ese proceso ya está avanzado. La resistencia dejó de ser épica y se convirtió en desgaste.
El país está ante una encrucijada histórica de transformarse de manera consciente y ordenada o esperar a que la realidad imponga los cambios de forma abrupta y dolorosa. No está en juego una consigna ni un debate ideológico, está en juego la posibilidad misma de un futuro vivible.
El Período Especial no fue un accidente. Fue la consecuencia de un sistema que nunca corrigió sus errores. Repetir hoy las mismas recetas no es resistencia, es negación.
La verdad es simple y dura, Cuba no está condenada a vivir así; está siendo mantenida así. Mientras esa diferencia no se reconozca, la historia seguirá repitiéndose, cada vez con menos margen y más dolor.
El futuro de Cuba no depende de discursos ni de enemigos externos. Depende de si su pueblo acepta otro ciclo de supervivencia… o exige, por fin, un país donde vivir no sea un acto heroico, sino un derecho.
Escrito por: Álvaro C. Rivas.
Periodista de investigación especializado en poder político, transparencia institucional y autoritarismos contemporáneos.
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🚨En un lamentablemente incidente ocurrido en la noche de ayer en el Puerto "Guillermon Moncada" de perdieron la vida tres trabajadores de ese centro.
Los fallecidos identificados como Raiko Calzado Kindelan, Yosbani Paterson Duany y Roibel Bejerano Hernández, presuntamente se disponían a la descarga de un buque de arroz en esas instalaciones y al entrar a una bodega sellada y fumigada se expusieron a la respiración de un gas tóxico que les arrebató la vida.
Los cuerpos sin vida de los tres estibadores fueron trasladados al Dr. Castillo Duany de esta ciudad a dónde más tarde llegaron familiares de las víctimas.
Las causas que desencadenaron en esta tragedia aún no han sido esclarecidas y aunque se expecula que pudiera tratarse de negligencia por parte de las autoridades portuarias, según las propias versiones de varios trabajadores que laboran en esas instalaciones, quienes lo atribuyen a la entre otros problemas de seguridad, lo cierto es que el incidente se mantiene bajo investigación.
Nos unimos al dolor de las familias que han perdido a sus seres queridos y pedimos por el eterno descanso de las víctimas. QPD.
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