PASTO CIUDAD SOÑADA

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15/03/2026

Quiero compartir con ustedes un maravilloso proyecto liderado por una gran mujer, nacida en las faldas del Galeras, en nuestro querido Valle de Atriz: Paola Enriquez Ojeda.

Su iniciativa, Tezoro Atelier, se ha convertido en una verdadera ventana en Europa para la identidad ancestral de Nariño y de Colombia. Desde allí se reconocen nuestras raíces y se tejen conexiones auténticas: oportunidades para los artesanos, para una cultura que trasciende fronteras y, de manera muy especial, para quienes vivimos lejos de nuestra tierra y encontramos en estos espacios una forma de reencontrarnos con lo que somos.

En tierras lejanas también se aprende, se comparte y se transforman los saberes en nuevos lazos con la patria.

Es un orgullo para nuestro Pasto, para Nariño y para Colombia, ver cómo, gracias al liderazgo, la visión y la sensibilidad cultural de Paola Enríquez Ojeda, nuestra riqueza cultural continúa viajando por el mundo.

Porque cuando la cultura viaja, no solo cruzan los objetos o las tradiciones: viaja también el espíritu de nuestra tierra. Y verla florecer lejos del Valle de Atriz, bajo otros cielos, nos recuerda que nuestras raíces siempre encuentran la manera de seguir vivas.

Conoce sobre este hermoso:
https://bio.site/tezoroatelier⁠�

22/02/2026

Agustin Agualongo - Fidelidad . Discusión y honor.

Existe un debate histórico permanente en Pasto sobre la figura de Agustín Agualongo y la posición asumida por los pastusos durante las guerras de independencia. Es un tema discutido muchas veces, pero que aún suele explicarse desde lecturas simplificadas.
Desde mi perspectiva, ni los pastusos ni Agualongo actuaron por traición. Para hablar de traición debe existir previamente un vínculo jurídico y político con el Estado que supuestamente se traiciona. En 1822 el territorio de Pasto no había jurado fidelidad a la naciente República de Colombia, la llamada Gran Colombia. Sus habitantes continuaban reconociendo como autoridad legítima al rey de España, que era el orden político vigente para ellos. No puede calificarse como traidor a quien nunca reconoció la soberanía del nuevo Estado.
Además, Pasto no fue un caso aislado. En distintos territorios de América existieron resistencias locales frente a los movimientos independentistas. En el Virreinato del Perú amplios sectores indígenas combatieron junto a fuerzas realistas; figuras como Mateo Pumacahua o Pedro Antonio Olañeta reflejan la complejidad de una época donde no todos los pueblos interpretaron la independencia como liberación inmediata. En el sur andino, muchas comunidades actuaron defendiendo su propio orden social más que una ideología monárquica o republicana.
Conviene también evitar anacronismos. En ese momento no existía el departamento de Nariño; esa entidad territorial surgirá casi un siglo después. Quienes combatieron fueron los habitantes de Pasto y su provincia dentro del orden colonial existente, no “nariñenses” en el sentido actual.
Frecuentemente se afirma que hubo una traición no solo política sino cultural o indígena. Ese argumento desconoce el contexto histórico. Para 1822 habían transcurrido más de tres siglos desde la llegada española. Existían ciudades, templos, instituciones, comercio, caminos y una sociedad profundamente mestizada. Las personas no vivían en una realidad precolonial sino dentro de un orden social consolidado durante generaciones. Ese orden, justo o injusto, había creado identidades, lealtades y sentimientos de pertenencia.
El patriotismo no surge únicamente de proyectos republicanos. Así como hoy colombianos, ecuatorianos o peruanos sienten identidad nacional tras apenas dos siglos de existencia estatal, es razonable entender que muchos habitantes de la época identificaran su patria con la monarquía hispánica y con el rey como símbolo político y espiritual de ese mundo. No se trataba necesariamente de defender una opresión, sino de preservar el orden conocido frente a una guerra incierta.
Por ello, afirmar que los pastusos traicionaron sus raíces indígenas resulta problemático. Para entonces gran parte de la población era mestiza, cristiana y socialmente integrada al sistema colonial. La discusión sobre si la religión o el régimen eran buenos o malos pertenece al debate contemporáneo; históricamente, esa era simplemente la realidad en la que vivían.
Respecto a las acusaciones sobre asesinatos ordenados por Agualongo, corresponde revisar críticamente las fuentes documentales citadas por el historiador Eduardo Zúñiga Erazo y contrastarlas con otras versiones historiográficas que también mencionan episodios de clemencia hacia adversarios vencidos. La historia exige análisis de fuentes, no afirmaciones definitivas sin contextualización.
En definitiva, más que dividir la historia entre patriotas y traidores, es necesario comprender que las guerras de independencia fueron también guerras civiles americanas, donde distintos pueblos tomaron decisiones políticas según su experiencia histórica, sus lealtades y su percepción de justicia, no simplemente por ignorancia ni por mezquindad.
̃ocolombia ̃amadrid

15/02/2026

La imagen representa uno de los episodios más emblemáticos de la tradición religiosa del sur de Colombia, ocurrido en el actual municipio de Ipiales, departamento de Nariño, en el profundo cañón del río Guáitara. En medio de la vegetación espesa, sobre una pared de roca cubierta por musgo y naturaleza viva, aparece la figura de la Virgen del Rosario con el Niño en brazos, acompañada por dos frailes dominicos. La escena no está enmarcada por estructuras monumentales, sino por la sencillez del entorno natural, como si el milagro brotara directamente de la piedra.

A la derecha se observa a una mujer campesina, vestida con sobriedad, sosteniendo en brazos a su hija pequeña. La niña extiende su brazo y señala la imagen con determinación, mientras la madre contempla el momento con asombro. Esa mujer es María Mueses de Quiñones, indígena de la región, y la niña es su hija Rosa.

Según la tradición, el 16 de septiembre de 1754, María Mueses atravesaba ese paraje cuando se refugió con su hija en una cueva para protegerse de una tormenta. Rosa, quien era sordomuda, reaccionó ante la presencia luminosa en la roca. Días después, al regresar al lugar, la niña señaló la pared y habló por primera vez, afirmando que la “mestiza la estaba llamando”. Este hecho fue interpretado como milagro, y la imagen quedó impregnada en la piedra, dando origen a la devoción que con el tiempo daría lugar al Santuario de Nuestra Señora de Las Lajas, ubicado en Ipiales.

La composición visual recoge ese instante fundacional: el gesto de la niña señalando, la madre sorprendida, la naturaleza como testigo y la imagen mariana emergiendo de la roca misma. No se trata solo de un relato religioso, sino de un acontecimiento que marcó profundamente la identidad espiritual y cultural del sur de Nariño.

La escena evoca el origen de una devoción que transformó un abismo natural en uno de los santuarios más representativos de Colombia, símbolo no solo de Ipiales, sino del sur andino en su conjunto.

17/01/2026

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