IMP Raul del Canto

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23/09/2020

Su pueblo

1 Samuel 12:22 “Pues Jehová no desamparará a su pueblo, por su grande nombre; porque Jehová ha querido haceros pueblo suyo.”

La elección de Dios de Su pueblo es la razón para que permanezca con ellos y no los desampare. Él los escogió por Su amor, y los ama por Su elección. Su propia voluntad es la fuente de Su elección, y Su elección es la razón de la continuidad de Su agrado en ellos. Sería una deshonra para Su grandioso nombre que los desamparara, pues mostraría, ya sea que cometió un error en Su elección, o que era voluble en Su amor. El amor de Dios tiene esta gloria: que nunca cambia, y Él nunca empañará esta gloria.

Por todos los recuerdos de las anteriores misericordias del Señor, hemos de estar seguros de que no nos desamparará. Aquel que ha ido tan lejos para convertirnos en Su pueblo, no deshará la creación de Su gracia. Él no ha obrado en nosotros tales maravillas para desampararnos después de todo. Su Hijo Jesús murió por nosotros, y podemos estar seguros de que no murió en vano. ¿Acaso podría abandonar a aquellos por quienes derramó Su sangre? Puesto que hasta aquí se ha agradado en elegirnos y en salvarnos, será Su complacencia bendecirnos todavía. Nuestro Señor Jesús no es un amante cambiante. Habiendo amado a los Suyos, los sigue amando hasta el fin.

Por Charles Spurgeon

01/09/2020

¿Tenemos derecho a enojarnos?

Dios le dijo a Jonás: ¿Tienes razón de enfurecerte tanto?
Jonás 4:9

El enojo no es necesariamente un pecado en todos los casos, sin embargo como suele tener la tendencia de descontrolarnos, cada vez que aflora debemos rápidamente cuestionar su naturaleza. Tendríamos que formularnos la siguiente pregunta:¨¿Tienes derecho a enojarte?¨Y habrá ocasiones en que la respuesta sea: ¨Si¨porque a veces es el fuego del cielo¨(2 Reyes 1:10) de Elías; pero con frecuencia no es más que la manifestación de un hombre que está fuera de control. Enojarse por el pecado es algo bueno porque el pecado está en contra de nuestro buen Dios lleno de gracia. Es bueno enojarse contra uno mismo por actuar con necedad frente a tantas instrucciones piadosas o enojarse contra otros cuando el único motivo de nuestro enojo es el mal que está causando. El que no se enoja ante el pecado es partícipe de este, porque el pecado es repugnante, despreciable y ningún corazón renovado podrá soportarlo con paciencia. Dios mismo se enoja a diario con los malvados y su Palabra dice: ¨El Señor ama a los que odian el mal¨(Salmo 97:10).
No obstante, es mucho más frecuente que nuestro enojo no sea encomiable ni justificable, por lo que nuestra respuesta debiera ser: ¨No, no tengo derecho a estar enojado¨¿Por qué nos irritamos con nuestros hijos, nos exasperamos con nuestros empleados y nos esfadamos con nuestros amigos? ¿Es esta clase de enojo honrosa para nuestro testimonio cristiano o acaso glorifica a Dios? ¿No es este tipo de enojo evidencia de que nuestro antiguo y malvado corazón procura recuperar el control? ¿No debemos resistirlo con todo el poder de nuestra naturaleza renacida? Muchos que profesan ser cristianos permiten que su temperamento reine con libertad, como si fuera inútil resistirse.
No obstante, los creyentes tenemos que recordar que debemos en todo esto (ser) más que vencedores por medio de aquel que nos amó¨(Romanos 8:37), de otro modo, no recibiremos la corona.
Si no somos capaces de controlar nuestro temperamento, ¿qué ha hecho la gracia por nosotros? alguien dijo una vez que la gracias está injertada en el tocón del manzano silvestre más amargo. Esto quizás sea cierto, pero entonces el fruto ya no será amargo. Jamás tenemos que usar nuestras debilidades naturales como excusa para pecar. En cambio, sin falta debemos acudir a la cruz y rogarle al Señor que crucifique nuestro temperamento y renueve en nosotros la amabilidad y la humildad que refleja su imagen.

Charles Spurgeon

20/08/2020

El pacto de Dios

Para siempre ha ordenado su pacto.
Salmo 111:9

El pueblo del Señor se deleita en el pacto de Dios. Para ellos es una inquebrantable fuente de consuelo al mismo tiempo que el Espíritu Santo los lleva ¨a la sala del banquete, agitando ¨su bandera de amor¨(Cantares 2:4). Se deleitan cuando consideran cuán antiguo es el pacto de Dios y recuerdan que antes de que pusieran al sol en su lugar o los planetas comenzaran a girar en su órbita, el interés de los santos estaba asegurado en Cristo Jesús. Les resulta particularmente agradable recordar la seguridad del pacto, mientras meditan en el ¨constante amor de Dios por David (Isaías 55:3). Además, se deleitan en celebrar que el pacto ha sido ¨firmado, sellado y entregado¨ Y con frecuencia hace que su corazón estalle de gozo al pensar en su inmutabilidad; que ni el tiempo ni la eternidad, ni la vida ni la muerte, serán capaces de anular un pacto tan antiguo como la misma eternidad y tan perdurable como la Roca de la eternidad.
También se regocijan al celebrar la plenitud del pacto, pues en él ven todas las bendiciones provistas para ellos. Ven a Dios como su herencia, a Cristo como su compañía, al Espíritu como su Consolador, la tierra como su alojamiento transitorio y el cielo como su hogar. En el pacto ven una herencia reservada y protegida para cada alma que posee interés en su antigua y eterna cesión de dones.Sus ojos brillaron cuando por primera vez vieron el pacto como un bendito tesoro escondido en la Biblia. ¡Cuán eufóricas estaban sus almas al darse cuenta de que esta última voluntad y testamento de su familia divina tambien les fueron legados a ellos!
Por encima de todo está el placer del pueblo de Dios de considerar la gracia del pacto de Dios.Ven que la ley fue anulada porque era un pacto de obras que dependía del mérito. No obstante, ellos perciben correctamente que este pacto es duradero debido a la gracia. Gracia como única condición, gracia como única base, gracia como totalidad del acuerdo, gracia como protección, gracia como fundamento y gracia como cúspide.
Por tanto, el pacto es un tesoro de riqueza, un depósito de alimentos, una ¨fuente de vida¨(Salmo 36:9), un almacén de salvación, una carta de paz y un refugio de gozo.

Charles Spurgeon

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