Luix Rojas
24/12/2025
Tres días antes
—Calea, ¿a dónde vas?
La voz de Emilia, su amiga y ex colega, la sacó abruptamente de sus cavilaciones. Calea
estaba inmersa en una neblina de ansiedad, empujando la pesada carretilla del
mercado al aire libre, sus ojos fijos en la salida como si temiera que la puerta se cerrara
y la atrapa dentro.
—Solo necesito salir de aquí, Emilia —respondió Calea, sin detener su marcha.
Emilia, cargando una bolsa de verduras para ensalada, la alcanzó a la altura de los
puestos de fruta. El mercado era un torbellino de voces, regateos y el aroma de
especias, pero Calea sentía una opresión creciente en el pecho.
—Lo lamento mucho, de verdad —dijo Emilia, bajando la voz y colocando una mano
reconfortante en su brazo—. La forma en que te despidieron... es horrible. Sabes que las cajeras de los supermercados pasamos por eso. Cuando hay faltantes grandes, siempre
buscan un chivo expiatorio.
Mientras Emilia hablaba, quejándose del despotismo de los encargados y la injusticia de la acusación de robo, Calea sintió un ligero estremecimiento. No era el frío de la mañana
ni la brisa. Era una punzada en la nuca, la sensación de que las palabras de Emilia se
movían a un ritmo diferente que la realidad.
De pronto, un sonido se filtró a través del bullicio. Era un grito, una súplica desesperada
de auxilio.
—¡Ayuda! ¡Por favor, no me lleve!
Calea se detuvo en seco. Miró a su alrededor, buscando el origen del grito, pero nadie
más en el mercado parecía inmutarse. La gente seguía comprando, los vendedores
seguían gritando precios. Emilia seguía hablando de los turnos nocturnos,
completamente ajena.
siempre lo había tomado como un cuento, hasta ahora.
Se apartó de Emilia, ignorando el llamado confuso de su amiga.
Siguió la fuente del grito hasta un callejón estrecho entre los
contenedores de basura. Allí, solo podía escuchar la voz de
una anciana, desesperada, y sentir ráfagas de viento frío que la rodeaban.
—Señorita, por favor —escuchó la voz, ahora justo frente a ella, clara y dolorosa,
aunque no había nadie—. No deje que me lleve. Mi hora no es aún... ¡No!
Calea se preguntó qué estaba pasando, luchando por conservar la calma. Pudo
sentir la presencia del alma, una entidad de energía desestructurada. Recordó el
consejo de su abuela: donde no hay cuerpo, hay un vacío que se debe llenar con
voluntad.
—¡Abrázame! —exclamó Calea, extendiendo los brazos hacia la nada.
Sintió una ráfaga de viento fresco chocar contra su rostro y pecho, como si la
anciana se hubiera refugiado en ella, escondiéndose de algo. El abrazo duró unos
tensos cinco minutos. El aire se hizo pesado, denso, cargado de ozono, y luego,
tan rápido como había llegado, el viento se alejó.
Justo cuando la ráfaga de aire salía del callejón, escuchó la voz de la anciana, ya
más débil y lejana, pero con una claridad escalofriante:
—Ocultalo , señorita, Que no lo encuentren.
Tras el cese de la ráfaga, que había sacudido los contenedores con violencia,
Calea miró al suelo. En la tierra polvorienta, junto a una pila de cajas de cartón,
vio algo que brillaba débilmente.
Era un cuchillo plateado. No era lujoso, pero sí de una factura extraña, un
centímetro más largo que una navaja común, con un mango sencillo de hueso
pulido. Calea lo recogió, sintiendo el mismo frío antinatural que había sentido al
abrazar a la entidad. Sin pensarlo dos veces, lo deslizó en el bolsillo de su abrigo.
El miedo la impulsó a huir del mercado, dejando a Emilia atrás.
Actualidad
El pánico se apoderó del recibidor. El Hombre del Sombrero,
alto y huesudo, oscuro como una mancha de tinta en la realidad,
había tocado a Susy.
Susy, que no entendía la presencia de Augusto ni la aparición
de un ser de pesadilla, se espantó aún más al sentir los dedos fríos
del
Hombre. Instintivamente, intentó apartarse del umbral. El ser se
lanzó
hacia ella con una velocidad irreal, logrando rasguñar su brazo
antes
de que Augusto reaccionara.
—¡No mires! —gritó Augusto, empujando a Calea y a Susy hacia la
puerta trasera.
Calea, sin soltar la lámpara, corrió con la fuerza de la adrenalina.
La luz fría y argéntea del objeto iluminaba grotescamente la
escena. Al cruzar la sala, se detuvieron en seco. Su única vía de
escape, la cocina y la puerta de servicio, estaba bloqueada.
Cuatro criaturas más, las pálidas y deformes que silbaban, los
rodeaban. Habían salido de las sombras de la casa.
Augusto se interpuso entre ellas y las dos mujeres, su forma
espectral vibrando de terror. Su rostro, ya macilento, estaba pálido
de miedo. Susy, con el brazo ensangrentado y el choque nervioso
dominandola, solo podía mirar la lámpara en las manos de su prima.
—¿Por qué cargas una maldita lámpara? —gritó Susy, histérica y
confundida por el dolor y la locura de la escena.
Calea no respondió. Miró a su hermano y luego a su prima herida.
Entendió la verdad que Augusto no había sabido articular: el objeto
era el ancla. Era lo que mantenía el portal abierto, lo que permitía
que la Muerte entrara y sacara lo que quería. El terror en los ojos de
Augusto le dio la certeza final.
Con un dramatismo cargado de resignación, Calea acercó la
lámpara a su rostro. Sus ojos se cerraron, sintiendo el frío metálico
por última vez.
Todo esto comenzó con la llegada de este objeto.
Y sopló.
La llama fría, antinatural, se extinguió en un chasquido mudo.
El resultado fue inmediato y brutal. La casa se sumió en una
oscuridad total, pero lo que ocurrió en esa oscuridad fue mucho
peor.
Cuando la luz se fue, también lo hicieron los monstruos. Y también
Augusto.
Calea y Susy quedaron solas en medio del recibidor. El silencio era
ensordecedor, roto solo por los jadeos de Susy y el latido desbocado
de Calea.
Pero Calea podía oír algo más.
Gritos. Ahogados, guturales, llenos de agonía espectral.
—¡CALEA, ¿QUÉ HICISTE?! —La voz de Augusto,
desesperada, resonó en sus oídos.
—¡No se me acerquen! ¡No me toquen! —rogaba el joven,
invisible y sordo para todos menos para Calea.
Calea gritó el nombre de su hermano, presa de la
desesperación, la culpa la inundó al darse cuenta de que
no había salvado a Augusto; lo había desterrado de nuevo
al inframundo, sin protección, solo.
—¡Rápido! —gritó, volviendo a la realidad. Corrió hacia. el cajón del recibidor buscó un encendedor.
Susy se dejó caer en el suelo, anonadada, sosteniendo su
brazo ensangrentado y palideciendo.
Calea, con las manos temblando, encendió un cerillo y lo. acercó al interior de la lámpara. La luz de sauce volvió a
encenderse. Miró a su alrededor. No había nada: ni. monstruos o su hermano. La oscuridad había cobrado su
precio.
Apagó la linterna de nuevo y permitió que el llanto la
invadiera por unos instantes. Luego, con una resolución
amarga, guardó la lámpara y ayudó a Susy a levantarse.
Tenían que ir al hospital.
Durante el camino, mientras conducía con la lámpara
guardada a sus pies (el recuerdo de la preocupación de
Augusto por el objeto era una punzada constante), Calea
tuvo tiempo para procesar la doble pérdida de su hermano.
En la sala de espera del hospital, Susy fue atendida de
inmediato. Calea salió a tomar aire, sintiendo la necesidad
de un respiro fuera del ambiente estéril y angustioso del
lugar.
Frente a la entrada de emergencias, una mujer lloraba
descontroladamente, reclamando al personal del hospital.
Había perdido a su marido el día anterior.
Calea se acercó a ella. La señora, llamada Gabi, estaba
inconsolable, su dolor era una herida abierta. Mientras
Calea la escuchaba con calma, notó algo peculiar.
Escuchó un eco en las lágrimas de Gabi, un llanto
adicional, espectral.
—Sígame —dijo Calea con una calma impropia.
Llegó a su coche, abrió el maletero y sacó la lámpara. Se
dirigió a Gabi:
—Si tiene el efecto que creo que tiene, podrá despedirse
de su esposo.
Gabi la miró sin comprender. Calea, sin mostrarle el interior
de la lámpara con detalle, la encendió con un cerillo y la
colocó sobre el pavimento, justo al lado del coche.
En ese instante, detrás de Gabi, una figura nebulosa se
hizo sólida. Era Juan, el esposo de Gabi.
Gabi se aterró por un instante, pero el rostro lleno de amor y
dolor de Juan la hizo lanzarse a su encuentro. Se abrazaron
durante veinte minutos. La conversación fue tensa, llena de
cabos sueltos, pero sirvió de consuelo. Juan le explicó que
estaba bien, que no temiera.
Calea apagó la linterna. El sueño de Gabi se esfumó. El dolor
del alma se había aliviado.
Gabi le dio las gracias a Calea por aquella "brujería", como
la llamó, y se marchó. Calea guardó la lámpara rápidamente
en el maletero y se dirigió a buscar a Susy.
Pero no notó que, justo al lado de su coche, la voz de Juan
resonaba en el vacío.
—¡Que no, déjenme! ¿Quiénes son ustedes? ¡Suelten! ¡¿Qué van a hacer con eso?! —gritaba el hombre con voz gutural y
desoladora, siendo arrastrada de nuevo por las sombras
hacia el lugar de donde había sido robado.
Calea se encontró con Susy a mitad del camino, ambas regresan a
casa. Su prima, ya más calmada, tenía una idea: usar el dinero que ahorró para pagar las deudas de Calera.
Ya vuelta en casa, Calea se culpaba por lo ocurrido con
Augusto. Intentó verlo de nuevo, encendiendo la lámpara en la
sala, pero solo hubo silencio y oscuridad. El precio de la
imprudencia se había pagado.
Pero el encuentro con Gabi le había dado una idea.
A los pocos días, Calea se había postulado en la web,
ofreciendo un servicio discreto: Visitas y Despedidas. Paz a las
Almas Desconsoladas.
Atendió a tres familias en un solo día. Aquello era desolador: a
Reinaldo, que había perdido a su hijo y esposa hacía dos años;
a Sandra, que perdió a su abuelo unas semanas atrás; y a
Kenny, la madre que perdió a su hijo en el bosque, devorado
por un oso.
La visita de Calea siempre tenía el mismo patrón: encendía la
lámpara y permitía una breve, agónica despedida.
Estas personas tenían algo más en común: poco después de
que Calea se marchaba, el ambiente en sus casas se ponía
pesado. El aire se enfriaba hasta el punto de apagar una
chimenea encendida. Los familiares aseguraban que sus seres
queridos ya habían avanzado a la otra vida, pero Calea sabía
la verdad: ella había encendido un faro y les había robado unos
minutos a la Muerte, dejando un rastro inconfundible.
Ese día, Calea durmió mal, a pesar de haber conseguido el
trabajo independiente mejor pagado de su vida: a la familia
más pudiente les cobra entre 300 a 200 y 150 $
A medianoche, un susurro frío le erizó la piel.
—Te veo.
La voz resonó desde las sombras, no en el aire, sino directamente
en su mente. Calea sintió el peso antinatural de una mano apoyarse
en el borde de su colchón. Su corazón latió desbocado. Temerosa,
no se atrevió a encender la lámpara, que había dejado en la mesita
de noche.
Aun así, alzó la vista y vio la silueta sombría de una mujer. La figura
estaba de espaldas, pero su voz, calmada y profunda como la de
un hombre, resonó en el silencio.
—Te ha gustado mi obsequio, ¿verdad?
Calea se quedó sentada en la cama, las rodillas apretadas contra
el pecho, completamente inmovilizada por el terror.
—Mis hombres me dicen que tienes algo de uno de ellos —continuó
la entidad.
En ese momento, la figura femenina giró el rostro lentamente para
mirar a Calea. Su cara era hermosa, de una belleza marmórea e
inhumana, pero sus manos, que descansaban a los lados de su
cuerpo, tenían dedos tres centímetros más largos de lo normal,
terminados en uñas afiladas como obsidiana.
—Me darás lo que vine a buscar —expresó la entidad, y su voz se. hizo aún más profunda, resonando con el peso del tiempo y la
autoridad.
La figura se puso de pie, alzándose sobre Calea. Sus brazos largos
y esbeltos se extendieron lentamente hacia ella.
El grito de Calea fue una explosión de terror que rompió el silencio
de la noche, envolviendo toda la casa.
Continuara…
Próximamente : Utensilios de la muerte, El Anillo.
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18/12/2025
Próximamente subiré la otra parte de esta historia... ゚viralシviralシfypシ゚viralシalシ
14/12/2025
1 El Regreso de lo Perdido
La casa estaba sumida en un silencio opresivo, solo roto por el zumbido intermitente de la nevera y el crujido de la madera asentándose por el frío nocturno. Calea, una hermosa mujer de treinta y cinco años, estaba sentada frente a la mesa del comedor, con la mirada perdida en un montón de facturas vencidas. Su belleza, antes vibrante, estaba ahora velada por la sombra del agotamiento. El desempleo la había ido erosionando lentamente, y esa noche, la desesperación había alcanzado un punto de quiebre.
Una idea oscura, que había estado rondando los límites de su conciencia, finalmente tomó forma: vender su cuerpo. La vergüenza le quemó las mejillas al solo pensarlo, pero el miedo a perder el techo sobre su cabeza era un frío mucho más agudo.
Fue entonces cuando escuchó el golpe en la puerta.
No fue un llamado insistente, sino tres toques secos, deliberados. Calea se levantó, agradecida por la distracción, y caminó hacia la entrada arrastrando los pies. Al abrir, el aire nocturno la golpeó, pero no había nadie en el porche. La calle estaba desierta.
Sin embargo, al bajar la vista, lo encontró.
En el suelo, justo en el umbral, reposaba un objeto que no debería estar allí. Era una lámpara antigua, de un metal oscuro y pesado. No tenía cables ni aceite, pero en su interior brillaba una luz fría, argéntea y antinatural. El diseño de la rejilla era exquisito y perturbador: celdas plateadas forjadas en forma de hojas de sauce llorón, que parecían atrapar la luz en lugar de emitirla.
Calea se agachó y la recogió. Al instante, un frío glacial le recorrió los dedos, subiendo por sus brazos como veneno en la sangre. No era solo metal frío; era la temperatura de una tumba.
Entró y cerró la puerta con el pie, hipnotizada por el objeto. ¿Quién dejaría esto aquí? ¿Era una señal? ¿Una broma macabra?
Un crujido a sus espaldas la sacó de su trance. Provenía de la sala.
Calea se tensó. Levantó la vista hacia el espejo del recibidor y su sangre se heló. En el reflejo, vio la silueta de un hombre de pie en la penumbra de la sala, observándola. El pánico anuló su razón. Giró sobre sus talones para huir hacia la cocina, pero el intruso fue más rápido.
Sintió unos brazos fuertes rodearla y una mano callosa cubrir su boca con violencia, sofocando su grito antes de que naciera. Calea pataleó, luchando con la fuerza de quien teme por su vida, hasta que el hombre la giró y la obligó a mirarlo.
Sus ojos se abrieron desmesuradamente. El grito que tenía atorado en la garganta murió, reemplazado por un gemido de horror puro.
—¿Augusto?
Frente a ella estaba su hermano. Su hermano Augusto, a quien había enterrado hacía tres años.
Pero no era el Augusto que ella recordaba. Su piel tenía un tono grisáceo, y sus ojos… sus ojos estaban rotos, inyectados en una locura febril y antigua. No la miraba con odio, sino con una urgencia desesperada.
—Shhh —siseó él, con una voz que sonaba como hojas secas arrastradas por el viento.
Augusto no la estaba atacando; la estaba protegiendo. Sus manos temblaban mientras la soltaba lentamente, escaneando las sombras de la habitación con paranoia.
—¿Qué… qué es esto? ¿Estoy soñando? —balbuceó Calea, retrocediendo, incapaz de procesar la resurrección de su hermano.
La mirada de Augusto cayó entonces sobre el objeto que Calea aún aferraba contra su pecho. Sus ojos se llenaron de un terror absoluto.
—¿Qué haces con eso? —preguntó, su voz quebrándose.
—Estaba… estaba en la puerta. Alguien la dejó —respondió ella, con la voz temblorosa.
Augusto retrocedió un paso, como si el objeto fuera radiactivo.
—Esa es la lámpara… —susurró, con la mirada perdida en un recuerdo tortuoso—. Es la que cargaba el Hombre que vino por mí aquel día. No es una lámpara, Calea. Es un ancla. Le pertenece a la Muerte.
—Eso es imposible, estás mu**to, esto no es real… —sollozó ella.
Antes de que pudiera terminar, el aire de la sala se volvió denso, irrespirable. De la oscuridad del pasillo emergió un sonido: un silbido aturdidor, agudo y mecánico, que hizo vibrar los dientes de Calea.
Una figura pálida, humanoide pero de proporciones erróneas, se materializó desde las sombras. Al abrir su boca desencajada para silbar, Augusto reaccionó.
Con un rugido que no parecía humano, su hermano se lanzó contra la criatura. Calea vio, horrorizada y fascinada, cómo el cuerpo de Augusto se estiraba y deformaba, adquiriendo una fuerza sobrenatural. Golpeó a la entidad pálida, y esta, en lugar de sangrar, se deshizo al contacto. Se desmoronó como una escultura de paja seca, convirtiéndose en una nube de ceniza gris que se disipó en el aire viciado.
El silencio volvió de golpe. Augusto, jadeante y recuperando su forma humana, se giró hacia ella.
Calea, temblando, dio un paso hacia él. Extendió la mano y tocó su mejilla. Estaba fría, pero sólida. Era él. La emoción superó al miedo y se lanzó a sus brazos, llorando desconsoladamente, aferrándose al hermano que creía perdido para siempre.
El momento se rompió cuando la cerradura de la puerta principal giró.
La puerta se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de viento y el sonido de maletas rodando. Era Susy, su prima, que regresaba de un largo viaje.
—¡Calea! ¡Qué frío hace aquí, parece que hubieran dejado el congelador abier…! —Susy se detuvo en seco. Las maletas cayeron de sus manos.
Su mirada se clavó en el hombre que abrazaba a Calea.
—¡¡AAAAHHH!! —El grito de Susy desgarró la noche.
—¡Susy, espera, soy yo! —gritó Augusto, levantando las manos para calmarla, aunque sabía que su presencia era una blasfemia contra la naturaleza.
Mientras el caos se desataba, la lámpara seguía sobre la mesa donde Calea la había dejado, pulsando con esa luz fría. Augusto se volvió rápidamente hacia su hermana, aprovechando la distracción de Susy, y la tomó por los hombros, acercando su rostro al de ella con una intensidad maniática.
—Escúchame bien —susurró, con los ojos clavados en los de ella—. Le quitaste el cuchillo a una de esas cosas hace mucho tiempo… quizá por eso morí. Y ahora han venido a cobrar.
Susy, que seguía junto a la puerta abierta, paralizada por el miedo de ver a su primo mu**to de pie en la sala, no se atrevía a entrar ni a salir.
Entonces, la expresión de terror de Susy cambió. Ya no miraba a Augusto. Sus ojos se desviaron hacia su propio hombro.
Una mano larga, delgada y sombría, con dedos que parecían ramas de un árbol mu**to, se posó lentamente sobre el hombro de la prima. Detrás de ella, en el umbral de la puerta, una figura inmensamente alta, con sombrero de ala ancha, comenzaba a materializarse desde la noche.
Susy giró la cabeza lentamente, temblando, para ver qué era aquello que la tocaba.
Continuará...
Si te gustó, sígueme.
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