Despertar 2.0
Padre bueno y eterno, en este jueves me acerco delante de Tu presencia con un corazón rendido. No vengo a pedir primero cosas materiales; vengo a pedirte que me transformes.
Porque de nada sirve ganar el mundo entero si mi corazón se aleja de Ti.
Señor, quiero ser una ofrenda grata delante de Tus ojos. Como el barro en manos del alfarero, moldéame una vez más. Quita de mí todo aquello que no nació de Ti: todo orgullo, toda amargura, toda autosuficiencia, toda mentira, todo temor y todo deseo que quiera ocupar el lugar que solo Te pertenece.
Hazme crecer cada día en Cristo. Que mi vida no produzca solamente palabras, sino el fruto del Espíritu Santo: amor donde hay odio, gozo en medio de la prueba, paz en la tormenta, paciencia en la espera, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio. Que quienes me vean puedan reconocer el carácter de Jesús reflejado en mi manera de vivir.
Renueva mi mente por medio de Tu Palabra. Derriba fortalezas, rompe argumentos y toda altivez que quiera levantarse contra el conocimiento de Dios. Lleva cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo. Que mi mente deje de ser gobernada por el miedo, la ansiedad o las mentiras del enemigo, y sea guiada por la verdad de Tu Espíritu.
Padre, perfecciona la buena obra que comenzaste en mí. No permitas que me conforme con lo que ya alcancé. Llévame de gloria en gloria, de fe en fe y de victoria en victoria, hasta parecerme cada día más a Tu Hijo.
Ayúdame a guardar mi corazón, porque de él mana la vida. Que no permita que la ofensa, la envidia, el resentimiento o la falta de perdón contaminen lo que Tú has sembrado en mí. Dame un corazón limpio, sensible a Tu voz y dispuesto a obedecerte en todo tiempo.
Permíteme retener el testimonio de Jesucristo aun cuando lleguen las pruebas. Que nunca me avergüence de Tu Nombre. Que permanezca firme, fiel y apasionado por Ti hasta el final de mi carrera.
Y todo don, talento, capacidad y oportunidad que has puesto en mis manos, que jamás sirvan para exaltar mi nombre, sino para glorificar el Tuyo. Que toda palabra que salga de mi boca, toda decisión que tome y toda obra que realice apunten siempre a Jesucristo, el Rey de reyes y Señor de señores.
Hoy declaro que mi vida Te pertenece. Tú eres el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Sigue formando en mí el hombre y la mujer que diseñaste desde antes de la fundación del mundo.
En el poderoso nombre de Jesús.
Amén.
En el nombre poderoso de Jesucristo, hoy me levanto para decretar no desde mis emociones, sino desde la victoria consumada en la cruz. Mi confianza no está en mis fuerzas, sino en la sangre del Cordero, la sangre que abrió un camino al Padre, la sangre que derrotó al pecado, despojó a las potestades y selló para siempre nuestra redención.
Hoy decreto que la sangre del Cordero rompe toda cautividad espiritual.
Toda cadena invisible, toda opresión del enemigo, toda fortaleza levantada contra el conocimiento de Cristo y toda obra de las tinieblas pierde su autoridad delante de la sangre de Jesús. Lo que me mantuvo cautivo hasta hoy no podrá gobernar mi mañana, porque el Hijo me hizo libre, y el que el Hijo liberta es verdaderamente libre.
Hoy decreto que la sangre de Jesús sana las cadenas emocionales.
Donde el rechazo dejó heridas, la sangre trae identidad. Donde la traición dejó dolor, la sangre trae restauración. Donde la culpa levantó una prisión, la sangre anuncia perdón. Donde el miedo paralizó el propósito, la sangre del Cordero levanta hombres y mujeres llenos de fe.
Declaro que toda raíz de amargura es arrancada. Todo espíritu de ansiedad, desesperanza y condenación retrocede. Cristo no solo llevó mi pecado; también cargó mi dolor para que yo caminara en libertad.
Hoy decreto que los ojos espirituales son abiertos.
Que todo velo cae en el nombre de Jesús. Veremos lo que el Espíritu está hablando a la Iglesia. Discerniremos los tiempos del Reino. Caminaremos por fe y no por vista. No seremos engañados por las apariencias, porque el Espíritu Santo nos guiará a toda verdad.
Hoy decreto que el acusador ha sido vencido.
La voz de la sangre habla más fuerte que la voz de la culpa. Habla más fuerte que el fracaso. Habla más fuerte que el pasado. El enemigo podrá recordar lo que fui, pero la sangre declara quién soy en Cristo: perdonado, justificado, reconciliado y adoptado como hijo del Padre.
Hoy coloco mi casa, mi familia, mis hijos, mi matrimonio y mi ministerio bajo la cobertura de la sangre del Cordero. Declaro que ninguna arma forjada prosperará, porque mi victoria no depende de mi capacidad, sino de la obra perfecta de Jesucristo.
Y conforme a Apocalipsis 12:11, hoy proclamamos:
“Ellos lo vencieron por medio de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos.”
Por eso decreto que este día marca un rompimiento. Lo que estuvo cerrado comenzará a abrirse conforme a la voluntad de Dios. Lo que estaba cautivo será libertado. Lo que estaba espiritualmente dormido despertará. Lo que parecía perdido será restaurado por la gracia de Cristo.
La sangre del Cordero sigue hablando. Sigue limpiando. Sigue restaurando. Sigue venciendo.
Y hoy caminamos bajo esa sangre, vivimos por esa sangre y vencemos por esa sangre.
¡A Jesucristo, el Cordero inmolado que vive por los siglos de los siglos, sea toda la gloria, toda la honra y todo el dominio!
Amén.
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