Curiopolis

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10/10/2025

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30/07/2025

Tomás

Nunca he sido de hablar mucho de mi infancia. No porque fuera particularmente trágica, sino porque hay cosas que prefiero dejar en el pasado. Pero ahora… ahora siento que tengo que contarlo. Porque lo que creí que había imaginado, está volviendo. Y no conmigo. Con mi hijo.

Cuando tenía seis años, tenía un amigo imaginario llamado Tomás. Recuerdo que jugábamos en mi habitación durante horas. Era un niño pálido, con cabello oscuro y ojos grises que parecían no parpadear nunca. Nadie más podía verlo, pero yo lo sentía como si estuviera ahí de verdad. A veces me hablaba al oído. Otras veces me decía qué hacer. Al principio era divertido… hasta que empezó a enojarse.

Todo comenzó con pequeños empujones. Si me negaba a jugar, sentía como si alguien me rozara el hombro con fuerza. Si lo ignoraba, me tiraba mis juguetes. Una vez, mientras estaba en el columpio, sentí que alguien me empujó tan fuerte por la espalda que caí de frente al suelo. Nadie más estaba ahí. Le dije a mi mamá, claro. Ella me miró con dulzura, me acarició la cabeza y me dijo que era solo mi imaginación. Que todos los niños inventaban amigos así.

Después de una caída por las escaleras, que según todos fue “un accidente”, dejé de hablar de Tomás. Nunca volvió. O eso creí.

Hace unas semanas, mi hijo Mateo comenzó a hablar solo en su cuarto. No me pareció raro al principio. Los niños tienen mundos que los adultos olvidamos. Hasta que una noche, mientras le ponía el pijama, me dijo con una sonrisa:

—Hoy jugué con Tomás.

Se me heló la sangre.

—¿Tomás? —pregunté, tratando de sonar casual.

—Sí. Dice que tú también jugabas con él cuando eras niña. Que ahora le toca jugar conmigo.

Mateo no sabía nada de mi infancia. Nunca le conté sobre Tomás. ¿Cómo podría? Era algo que había enterrado.

Empecé a observarlo. A los pocos días, noté moretones en sus brazos. Dijo que se había golpeado en la escuela. Luego, uno detrás de la rodilla. Después uno en la espalda. Una noche lo escuché llorar. Fui corriendo y lo encontré en el suelo, al lado de su cama.

—Tomás me empujó porque apagué la luz antes de que él terminara de hablar.

No pude respirar.

Le dejé una cámara escondida en su cuarto, pensando que era yo la que estaba perdiendo la cabeza. Al día siguiente, revisé el video. Mateo estaba sentado en el piso, tranquilo, mirando hacia una esquina. De repente, su cuerpo se inclinó hacia atrás, como si algo invisible lo hubiese empujado. Cayó de espaldas, y quedó llorando, solo.

Pero lo peor fue lo último. En la grabación, antes de dormirse, Mateo se gira hacia la cámara, y con voz suave dice:

—Mamá, Tomás dice que ahora quiere jugar contigo otra vez.

Desde entonces, algo cambió en la casa. Las luces parpadean a veces. Las cosas se mueven de lugar. Siento pasos en el pasillo cuando estamos solos. Anoche, mientras me bañaba, juraría que alguien susurró mi nombre.

Hoy Mateo me entregó un dibujo. Era un niño de ojos grises, de pie frente a una casa, con nosotros adentro. Sobre el dibujo escribió:

“Tomás ya no está solo. Mamá también lo recuerda.”

Y sí, lo recuerdo. Lo recuerdo demasiado bien. Pero esta vez, no voy a ignorarlo. Esta vez, Tomás no me va a empujar. Esta vez, lo voy a enfrentar.

Si es que puedo.

Continuará….

17/07/2025

Descargué este juego y esta bien dificil , siempre salgo perdiendo !!! 😬🤣

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