Akishmalak

Akishmalak

Compartir

Para conquistar Akishmalak tienes que subir, siempre subir, ser distinto, evolucionar en el plano material, intelectual y espiritual. Cuando uno se detiene, se enferma; cuando uno se detiene definitivamente ha comenzado a morir. Tienes que imponerte a la lucha diaria, tienes que ser tenaz para conquistar una meta tras otra, hasta alcanzar la última, la añorada cima de ser Santo. Esa es tu meta, eso es Akishmalak.

Photos from Akishmalak's post 23/05/2026

🦗 El susurro de las cigarras

Por Erik Zúñiga

Este pasado 18 de mayo cumplí un año más de vida y decidí celebrarlo de una manera distinta.

No quería una fiesta.
No quería regalos.
No quería ruido.

Había algo dentro de mí que pedía otra cosa.

Desde hacía tiempo sentía una especie de estancamiento silencioso. No era tristeza exactamente, tampoco desesperación. Era esa sensación extraña de sentir que uno avanza... pero a la vez permanece quieto.

La vida seguía transcurriendo: el trabajo, las responsabilidades, los pendientes, los días sucediéndose uno tras otro. Sin embargo, algo dentro de mí parecía haber dejado de escuchar una voz importante.

La mía.

Y quizás también la de Trazgolt.

Porque aunque mi primer libro “Trazgolt. El gran árbol”, ya existe y la segunda parte lleva más de tres cuartas partes escritas, sentía que algo se había detenido dentro de mí.

No era falta de amor por el proyecto.

Era algo más silencioso.

La inspiración parecía esconderse entre las actividades cotidianas. La disciplina se volvía intermitente. Y a veces aparecían pensamientos que susurraban:

"¿Realmente vale la pena?"

"¿Alguien más lo escuchará?"

"¿Alguien más lo leerá?"

Entonces sentí la necesidad de volver al origen.

Porque el Cerro de Tonantzin, en Tlayacapan, no era un lugar cualquiera para mí. Había algo profundamente simbólico en él. En su presencia antigua, silenciosa y viva encontré tiempo atrás inspiración para dar vida a aquel personaje que después se convertiría en parte de mi libro.

Si algo dentro de mí se había desconectado, tal vez necesitaba regresar al lugar donde aquella voz había comenzado a despertar.

Así que decidí subir al cerro.

No para pedir éxito.
No para pedir reconocimiento.

Subí para agradecer.

Y también para pedir permiso.

Permiso para seguir compartiendo.
Permiso para continuar.
Permiso para terminar aquello que había nacido desde el alma.

Subí junto a Sol. Mi esposa. Mi compañera. Mi cómplice. Aprovechamos ese pequeño espacio que la vida nos regaló mientras nuestros hijos estaban en la escuela. No porque ellos no fueran importantes o no formaran parte de mi camino —porque son una parte esencial de mi alma y de mi vida—, sino porque sentía que aquel momento pedía algo distinto. Había procesos que necesitaba escuchar en silencio, conversaciones internas que requerían calma y una presencia serena a mi lado. Y ahí estaba ella, acompañándome como tantas veces lo ha hecho: sin empujar, sin exigir, simplemente estando.

La caminata fue breve, quizás veinte minutos, pero aquel día no parecía una subida cualquiera.

Cada paso se sentía como si fuera hacia adentro.

Al llegar a la pequeña cueva del Cerro de Tonantzin descansé unos instantes.

Después me incliné lentamente y coloqué mi mano derecha sobre la tierra.

No dije muchas palabras.

Algunas cosas no necesitan decirse.

Simplemente agradecí.

Agradecí por la vida.
Por mi familia.
Por lo vivido.
Por lo aprendido.

Y después hice algo más:

Le entregué al Cerro, a la Tierra aquello que llevaba cargando sin darme cuenta.

Mis preocupaciones.
Mis tensiones.
Mi cansancio.
Mi estrés.
Mis dudas.

Y permanecí ahí.

Con la palma de mi mano descansando sobre aquel cerro antiguo.

Sentí una especie de descarga recorrer mi cuerpo.

No fue algo intenso ni espectacular.

Fue algo sutil.

Pero profundo.

Como si aquello que pesaba dentro de mí hubiera encontrado un lugar donde transformarse.

Como si el propio Trazgolt me hubiera susurrado:
"Yo sostengo aquello que ya no necesitas cargar."

Permanecí unos minutos más en silencio. Solo estando.

Solo sintiendo.

Después salí de la pequeña cueva y caminé hacia una zona donde la roca del cerro aparecía desnuda. Era una enorme pared inclinada que subía hasta la cúspide, una superficie imposible para alguien sin experiencia.

Me detuve frente a ella.

Y sentí la necesidad de tocar el cerro una vez más.

Pero esta vez no inclinado.

Esta vez de pie.

Erguido.

Mirando hacia arriba.

Mirando al cielo.

Porque en la cueva había soltado.

Pero ahora estaba listo para recibir.

Extendí mi mano izquierda y apoyé mi palma sobre aquella roca inmensa.

Cerré los ojos.

Y en silencio pedí fortaleza.
Pedí disciplina.
Pedí claridad.
Pedí la energía necesaria para seguir compartiendo aquello que había nacido a través de Trazgolt.

Porque en aquel instante vi con claridad que Trazgolt no era solo un personaje.

También habitaba en mí.

Era aquello que continúa creciendo incluso cuando parece inmóvil.

Aquello que permanece firme aunque el viento lo sacuda.

Aquello que jamás deja de extender sus raíces hacia la Tierra y sus ramas hacia el cielo.

Una energía volvió a recorrer mi cuerpo, pero esta vez no era una descarga, sino una recepción; como si el cerro, después de haber recibido mis cargas, respondiera entregándome fuerza, templanza y el impulso necesario para seguir.

Permanecí unos instantes más con los ojos cerrados, sin pedir nada, sin pensar demasiado, sin intentar entender lo que estaba ocurriendo. Respiré hondo y dejé escapar un largo suspiro. A veces hay experiencias que no necesitan explicarse; simplemente necesitan sentirse.

Después de unos minutos comenzamos a descender lentamente.

Durante el descenso ocurrió algo que terminaría de transformar aquella experiencia.

Primero escuché una.

Luego dos.

Luego muchas más.

Y de pronto el aire entero parecía cantar.

Cientos de cigarras resonaban entre los árboles.

Era un sonido hermoso y ensordecedor al mismo tiempo.

El viento comenzó a tocar mi rostro y nos detuvimos unos segundos.

Cerré los ojos.

Y escuché.

Escuché realmente.

En ese instante tuve la sensación de que las cigarras me hablaban.

No con palabras.

Con algo más profundo.

Como si aquellas pequeñas criaturas, parte de nuestra Madre Tierra, me estuvieran susurrando mensajes antiguos, de esos que uno no escucha con los oídos, sino con el alma:

"Hay cosas que no se pueden ver... solo escuchar."
"Tu voz también es una melodía."
"No naciste para guardarla en silencio."
"Aunque a veces creas que nadie escucha, sí lo hacen."
"Todos emitimos una vibración que viaja mucho más lejos de lo que imaginamos."
"A veces estás tan ocupado observando cuántos escuchan, que olvidas simplemente cantar."
"Nosotras pasamos gran parte de nuestra vida ocultas bajo la tierra, esperando el momento correcto para emerger."
"Y cuando llega ese momento, no cantamos porque millones nos escucharán..." "...cantamos porque hemos nacido para hacerlo."

Dejé escapar un suspiro y continué escuchando sus susurros escondidos entre su canto:

"No importa si no te escuchan millones."
"Si una sola alma escucha..."
"Si una sola alma recuerda algo dentro de sí..."
"Habrá valido la pena."

Permanecí unos instantes más en silencio, dejando que el viento siguiera acariciando mi rostro y que el canto de las cigarras terminara de acomodar algo dentro de mí que ni siquiera sabía que necesitaba ordenarse.

Después sonreí, respiré profundamente y continuamos el descenso lentamente. Pero algo había cambiado. Mis pies bajaban por el mismo sendero... aunque sentía que mi alma descendía por uno distinto.

Al terminar el recorrido volteé una última vez hacia el Cerro de Tonantzin.

Y sentí una profunda conexión con él.
Con Trazgolt.
Con la Tierra.
Con la vida misma.

Algo hermoso se acomodó dentro de mí:

En aquel recorrido hubo una subida, una entrega, una recepción, una escucha y un descenso.

Y aquella caminata parecía haber sido mucho más que una visita al cerro.

Porque de alguna forma se parecía demasiado a la vida misma.

A veces subimos cargando preocupaciones, dudas y cansancios que ni siquiera sabemos que llevamos encima.
A veces necesitamos detenernos para aprender a soltar.
Después abrirnos para recibir.
Después guardar silencio para escuchar aquello que el alma intenta decirnos.
Y finalmente descender...

Pero nunca se desciende siendo el mismo.

Porque cuando uno realmente escucha, algo dentro cambia.

Al volver la mirada al camino de regreso para concluir la caminata, una idea me hizo reflexionar:

En todo ese camino de subida, de soltar, de recibir, de escuchar y de descender... nunca estuve solo.

Mientras yo tocaba la Tierra, escuchaba el viento y trataba de comprender los susurros de las cigarras, había alguien caminando a mi lado.

Sin apresurarme.
Sin empujarme.
Sin intentar cambiar mi proceso.
Simplemente estando.

Porque hay personas que conocen una de las formas más silenciosas y hermosas del amor: comprender que acompañar no siempre significa hablar, resolver o dirigir; a veces basta con permanecer.

Y ahí estaba ella.

Mi esposa.
Mi compañera.
Mi cómplice.
Mi Sol.

-------------------------------------

Tu turno de hablar:
¿Qué es eso que has mantenido en silencio y que ya es momento de compartir? 🌿

Déjame tu historia aquí abajo en los comentarios, prometo leerte y responderte. Dale like a este post si tú también estás en ese proceso de soltar, y comparte este mensaje con alguien que necesite recordar el inmenso poder de su propia voz.

✨ P.D. Si quieres sumergirte en el universo que nació de esta conexión con la tierra, te dejé el enlace directo a mi libro 'Trazgolt' en el primer comentario de esta publicación. Ve a descubrirlo.

13/05/2026

🌌 “Dios me dijo: entrégamelo otra vez”

Por Erik Zúñiga

Hace un tiempo, el miedo comenzó a aparecer de maneras silenciosas.
No era un miedo escandaloso.
No llegaba gritando.
Era más bien una sensación constante… una incertidumbre escondida detrás de mis pensamientos cotidianos.

A veces aparecía al despertar.
Otras veces mientras trabajaba.
Incluso en momentos en los que aparentemente todo estaba bien.

Y eso me confundía profundamente.
Porque yo meditaba.
Oraba.
Leía.
Visualizaba.
Intentaba mantener mi mente enfocada en el amor, en la gratitud, en Dios.

Y aun así… había momentos en los que el miedo, la desesperación volvían a surgir desde dentro de mí como si hubieran estado esperando escondidas en algún rincón de mi mente.

Era agotador.

Porque una parte de mí sabía que si Dios estaba conmigo todo estaría bien… pero otra seguía sintiendo incertidumbre.
Y esa contradicción comenzó a dolerme.

Una noche, después de uno de esos días particularmente difíciles, me senté en silencio.
No tenía ganas de pedir nada.
No tenía fuerzas para repetir oraciones largas.

Solo cerré los ojos y hablé con honestidad.

—Dios… ¿qué más puedo hacer?
¿Qué hago con estas emociones?
¿Cómo dejo de sentir miedo?

El silencio llenó la habitación.

Y entonces ocurrió algo difícil de explicar.
Al principio pensé que era mi imaginación. Como si mi mente intentara responderse a sí misma para encontrar consuelo.

Pero mientras aquella respuesta comenzaba a formarse dentro de mí… algo cambió.

No fue solo una idea.
No fue un pensamiento cualquiera.
Fue una certeza.
Una paz imposible de describir empezó a expandirse dentro de mi pecho.
Como si mi corazón reconociera algo que mi mente todavía intentaba cuestionar.
Y entendí algo que ya había vivido otras veces: cuando una respuesta trae paz, amor, claridad y una sensación profunda de verdad… no viene del miedo.

Viene de Dios.

Porque el alma sabe reconocer su voz, incluso cuando la mente duda. Y entonces escuché dentro de mí:

—Entrégamelas.

Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo.
La voz no sonaba como una voz humana.
No venía de mis oídos.
Venía de un lugar más profundo.
Como si el universo entero pudiera hablar desde el silencio.

Y la presencia continuó:
—Entrégame tus miedos, tus dudas, tu tristeza… como muchas veces ya lo has hecho.
Aunque creas que hablas al vacío, yo te escucho.
Y sí las recibo.
Yo me encargo de deshacerlas.

Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas, porque en el fondo, yo sabía que aquello era verdad.

Muchas veces antes había entregado mis cargas a Dios y había sentido alivio.
Muchas veces había experimentado milagros silenciosos.
Muchas veces la vida había terminado acomodando aquello que yo creía imposible resolver.

Y aun así… volvía a dudar.

Entonces respondí en silencio:
—Pero vuelven…
Las emociones vuelven.
El miedo vuelve.
La incertidumbre vuelve.

Y la respuesta llegó inmediatamente:
—Porque me las entregas con miedo y no con certeza.

Aquella frase me atravesó por completo.

La presencia continuó:
—Dices confiar en mí… pero después vuelves a tomar aquello que me entregaste.
Vuelves a alimentarlo con tus pensamientos.
Vuelves a imaginar escenarios desde el dolor.
Vuelves a hablar desde la preocupación.

Si realmente confiaras en mi amor y en mi poder… descansarías.
Sentí un profundo n**o en la garganta.
Porque comprendí algo doloroso: yo no dudaba de la existencia de Dios… dudaba de su capacidad para sostener completamente mi vida.
Y entonces me di cuenta que muchas veces mi oración no nacía de la fe… sino del miedo desesperado de querer controlar el resultado.

La voz siguió hablándome con una ternura imposible de describir:
—Pero no importa cuántas veces regresen esos pensamientos.
Si el miedo vuelve un minuto después… entrégamelo otra vez.
Si vuelve diez veces… entrégamelo diez veces.
Y si vuelve cien veces… cien veces lo recibiré.
Porque mi amor no se cansa.
Mi amor no se desespera contigo.
Mi amor no se aleja porque vuelvas a caer.

Lloré en silencio, y entendí algo profundamente sanador:
Dios no esperaba perfección de mí.
Solo apertura.

La presencia guardó silencio unos instantes… y luego volvió a hablar:
—Además, quiero compartirte un secreto.

Respiré profundamente.

—No solo me entregues tus miedos, tus tristezas y tus dudas.
Entrégame también tu amor.
Tu fe.
Tu seguridad.
Tus sueños.
Tus deseos más profundos.
Tus anhelos más sinceros.
Porque así como puedo deshacer aquello que te lastima… también puedo multiplicar aquello que nace desde el amor.

Sentí un estremecimiento recorrer mi alma.

La voz continuó:
—Cuando me entregas tus sueños con verdadera confianza, el universo entero comienza a moverse para ayudarte a manifestarlos.
Las personas correctas comienzan a aparecer.
Los caminos comienzan a abrirse.
Las sincronías comienzan a suceder.
Pero muchas veces eres tú mismo quien interrumpe mis bendiciones… cuando vuelves a alimentar el miedo.

Aquellas palabras se quedaron resonando dentro de mí.
Porque recordé que muchas veces había sembrado deseos desde la fe…pero los había regado constantemente con la duda.

Y entonces Dios me mostró algo aún más profundo:
—Tu mente y tu alma deben aprender a caminar juntas.
Tu alma ya conoce el amor.
Tu alma ya confía en mí.
Tu alma recuerda quién eres realmente.
Pero tu mente ha sido entrenada durante años para sobrevivir desde el miedo, el control y la preocupación.
Por eso debes aprender a observarla.
A disciplinarla con amor.
A no creer todo pensamiento que aparece dentro de ti.
Porque no todos tus pensamientos son verdad.

Sentí una profunda paz al escuchar aquello. Y comprendí:
La espiritualidad no consiste en nunca volver a sentir miedo.
Consiste en no dejar que el miedo vuelva a gobernarte.

La voz continuó:
—Yo puedo ayudarte a liberar aquello que pesa en tu corazón…
pero sigo respetando tu libre albedrío.
No puedo pensar por ti.
No puedo hablar por ti.
No puedo elegir por ti.
No puedo amar por ti.
Pero sí puedo recordarte, una y otra vez, el camino de regreso al amor.

El silencio volvió lentamente.
Pero esta vez ya no se sentía vacío.
Se sentía vivo.
Y entendí algo que jamás olvidaré:
La fe no es nunca volver a sentir miedo.
La fe es volver a entregarlo… todas las veces necesarias… hasta que la mente aprenda finalmente a descansar en el amor infinito de Dios.

¿Quieres que tu empresa sea el Compañía De Salud Y Belleza mas cotizado en San Cristóbal Ecatepec?
Haga clic aquí para reclamar su Entrada Patrocinada.

Página web

Dirección


San Cristóbal Ecatepec